ACORRALADOS

El discurso: Osvaldo Saúl Atencio Saldaña

El 2 de enero de 2012 volvió a revelarse la incompetencia de los asesores y ministros, quienes permitieron y aplaudieron que el nuevo dictador de América Latina, más que crearse una imagen de Robin Hood y provocar lucha de clases, arremetiera contra críticos y opositores, terminando de quitarse la máscara frente al pueblo.

Dejó claro que está dispuesto a todo para hacer intocables a los miembros de su gabinete, acorralados por denuncias de corrupción, convirtiéndose en principal encubridor de las heridas por las que fluye sin parar el dinero de los panameños; heridas que no pretenden suturar hasta que salga la última gota.

Al quitarse la máscara frente a la nación mostró que nunca le interesó ser un estadista o líder, le basta ser “el jefe de todos los jefes”, la única voz que vale, contra la que no hay libertad de conciencia, no pueden existir reclamos ni disidencia. Para él, los buenos son aquellos que se dejen colocar la antena de control remoto y reciben el reproductor de CD con todas las instrucciones y alabanzas que aumentan el ego, nublan la visión y endurecen el corazón del tirano.

Sus argumentos –que no tienen necesidad de dinero ni de los cargos que ejercen– quedan mudos, porque no se atreven a rendir cuentas. Nos tratan como ignorantes o esclavos, y piensan que al mentirnos quedamos satisfechos y cuando los denunciamos, entonces, quieren convencernos o callarnos por la fuerza.

El mensaje quedó como una guía para los asalariados del aparato ideológico que tienen disperso y solo intimidará a los cobardes, a los que no tienen a Panamá en el corazón, a los carentes de ideales, a los que nunca soñaron con una democracia fuerte, a los oportunistas y demagogos, pero jamás al pueblo, al real soberano, el que quita y pone gobiernos, el que ofrece sus mártires en holocausto para liberarse de la opresión. Alza tu voz ama de casa, estudiante, profesional, obrero, funcionario público, campesino, comerciante, por una vez y sin banderas políticas. Llegó la hora de poner un alto. Exige la rendición de cuentas, que a juicio del autor Andreas Schedler, “abarca de manera genérica tres maneras diferentes para prevenir y corregir abusos de poder: obliga al poder a abrirse a la inspección pública; lo fuerza a explicar y justificar sus actos, y lo supedita a la amenaza de sanciones, además que si insistimos en el carácter público de la rendición de cuentas, es más difícil que nos contentemos con simulacros de control detrás de las bambalinas”.

Exige un contralor que vele por el buen uso de los recursos del Estado, demanda al Ministerio Público y Órgano Judicial que cumplan su rol de forma objetiva y sin sumisión al Ejecutivo; recuerda a los diputados que ellos te representan en la Asamblea, que están para crear leyes que beneficien al país y que son un contrapeso al poder político, no sirvientes, vividores ni títeres del Presidente, y que no deben pasar agachados, haciendo oposición con miedo o intereses particulares.

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