PREOCUPACIÓN

La droga en la juventud: Kevin Moncada-Luna Arjona

Es un tema no muy publicitado en los medios de comunicación, quizás porque se trata de hijos o familiares de gente poderosa que yacen inmersos en el mundo de las drogas, pero mantiene una vigencia palpable, con resultados asombrosos. El caso es que un número creciente de individuos pertenecientes a la generación Z y, en parte a la generación Y, proveniente de familias de clase social media, media alta y alta, están muy vinculados con el consumo y venta de drogas. Es decir, que este mundo no afecta únicamente a algunos jóvenes de los estratos bajos.

Aunque usted no lo crea, en Panamá hay menores de edad y personas de entre 18 y 25 años en promedio, de hogares acomodados económicamente, que no solo están gobernados por la adicción de sustancias ilícitas, sino que, sin apremiante necesidad financiera, se dedican a la venta. Ellos lo hacen por tres razones básicamente: por mera diversión; moda y aceptación de grupos de amistades, y para costearse lujos mundanos que sus padres no están dispuestos a sufragar.

Aflora, entonces, la interrogante de por qué o cómo surge este fenómeno entre la juventud adinerada. Hace poco asistí a un evento de música electrónica, en el que se lanzaba pintura a los concurrentes. Allí, para sorpresa de muchos, había menores de 10 años de edad en adelante borrachos y vomitando en los baños debido a la ingesta de alcohol y, según se observó, por el consumo de drogas ilícitas como el éxtasis, el LSD (en láminas llamadas en la jerga “ácidos”), cocaína, y una onerosa sustancia denominada “cristal” (consistente en trozos blancos con estructura similar a la de la arena).

Yo fui corregidor durante casi dos años. Trabajé con la DIP de la Policía Nacional y me percaté de que el 90% de los jóvenes que padecen de este flagelo proviene de familias disfuncionales (falta del padre o la madre, violencia intrafamiliar, abuso de drogas por parte de los progenitores o de algún otro miembro de la familia, infidelidad y demás ejemplos de antivalores, etc.). Estos jóvenes, que en el fondo son víctimas, se inician con el consumo de marihuana; luego, al darse cuenta de que el cannabis no es suficiente para sustraerlos completa y permanentemente de los problemas familiares, recurren a drogas mucho más peligrosas para la salud, y, de paso, en su mayoría a modo de entretenimiento, deciden inmiscuirse en el arriesgadísimo negocio de distribuirlas o venderlas; conducta que es severamente castigada con años de prisión por nuestro Código Penal.

El problema es tan drástico que hoy día en lugar de preguntar quién consume drogas, preguntan quién no consume drogas. No exagero. La realidad es tan cruda y tangible como que existimos. El mejor consejo que le puedo dar a los padres es que supervisen mejor a sus hijos y busquen orientación en la asociación Narcóticos Anónimos (NA), de lo contrario, como vislumbro los acontecimientos, nos depara un futuro trágico y lamentable.

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