TRIUNFO OPOSITOR

¡Qué duro, señor Maduro!: Daniel R. Pichel

El domingo pasado, fuimos testigos de una elección histórica en Venezuela. Finalmente, después de muchos intentos, la oposición a la revolución chavista-bolivariana logró darle un buen soplamocos a un régimen que pudiera servir de modelo de todos los vicios que padecen nuestros gobiernos latinoamericanos. Desde hace más de 15 años estos tipos han secuestrado su país, implantando un modelo económico desfasado, que solo genera escasez y que se apoya en una gran masa de personas que fueron chantajeadas para apoyar una seudorevolución populista, dirigida primero por un paracaidista megalómano, y ahora por un busero oligofrénico.

Durante todos estos años, el “socialismo del siglo XXI” fue modificando las reglas del juego hasta controlar todos los poderes del Estado, y gobernar con total libertad, atropellando derechos fundamentales, y ocasionando un éxodo de buena parte del capital humano productivo de un país que no merece lo que ha tenido que sufrir. Todo esto, reconociendo que fue su clase política la que hartó a la población, hasta el punto que optaron por “darle una oportunidad a algo diferente” con las consecuencias ya conocidas. Lo peor es que Hugo Chávez, con su particular estilo mesiánico, se sintió el profeta de una religión que logró diseminarse por otros países latinoamericanos. Por supuesto, la savia que alimentó al monstruo fue el petróleo, que le permitió no solo financiar a su padre putativo –el régimen cubano de los hermanos Castro–, sino lograr que las democracias de la región (incluida la panameña) miraran para otro lado ante los atropellos que se dieron por todo este tiempo.

Pero con lo que no contó Chávez fue que un adenocarcinoma de colon, tratado con total éxito por la preclara medicina cubana, iba a detenerlo de repente en su intento de seguir dando metástasis de su revolución por todo el continente. Como siempre, en esos gobiernos basados en caudillos populistas, lo que siguió a su desaparición fue una figura patética, con muy escasa capacidad intelectual y de liderazgo, que terminó haciendo evidente todas las debilidades de un sistema, cuya única fuerza era la figura que la dirigía.

Pero hace una semana, sus mismos votantes decidieron ponerle un alto a todo este desastre. Con la participación de más del 70% del padrón electoral, la oposición logró una mayoría calificada que teóricamente le permitirá hacer una serie de cambios para desenredar la maraña legal que el chavismo lleva 15 años tejiendo. En teoría, la nueva Asamblea estaría en capacidad de cambiar magistrados del Órgano Judicial, remover la dirección del Consejo Electoral, aprobar una ley de amnistía que libere a los presos políticos y aprobar otras leyes que le permitan al país volver a competir económicamente y paliar la escasez que se agudizó durante los últimos años. Esto último no será tan fácil si se cumplen los pronósticos de que el precio del barril de petróleo pudiera bajar hasta 20 dólares (actualmente ronda los $40). Sin embargo, aprobando reglas justas que favorezcan la inversión privada, la situación pudiera comenzar a mejorar.

Pero esto, como es obvio, tendrá sus dificultades. Tras pasar el mal trago inicial, y su cara de purgante del primer día, cómo era de esperarse, el presidente Maduro salió con su clásico tono de sietemachos, amenazando a la población con todo lo malo que les espera después de su derrota electoral, y a lo que ellos contribuirán con todas sus fuerzas. En un lenguaje que raya en lo ofensivo y que parece dirigido a niños de preescolar, su mensaje se basó en la premisa textual de que “esta batalla la ganaron los malos”. Y, acto seguido, informó que no permitirá la liberación de presos políticos, que aumentará sus poderes de gobernar por decreto, y que dictará normas para garantizar la estabilidad de todos los obreros por los tres años que le quedan de gobierno. Por supuesto, toda esa perorata, envuelta en el clásico discurso demagógico, en una imitación barata del muerto del cuartel de la montaña. De veras que es triste ver a un presidente, producto de un sistema supuestamente democrático, despotricando contra quienes han accedido al poder legislativo en apego a las reglas constitucionales. Eso no vaticina la elemental colaboración entre los poderes del Estado, necesaria para mejorar la condición del país.

El resultado final de todo esto, dependerá, en su mayoría, de cómo trabaje la oposición en los próximos tres años. A mi modo de ver, su principal objetivo tiene que ser mantenerse unido como un solo bloque, dejando a un lado los intereses individuales. En una coalición de 28 partidos, que incluye desde izquierda moderada hasta ultraderecha, eso es todo un reto. No deben olvidar que tienen una misión superior a ellos mismos. Por otra parte, les tocará navegar en un sistema democrático lleno de trampas, en el que deben tratar de mantener el apoyo popular que lograron en esta vuelta, hasta dentro de tres años cuando les corresponderá elegir presidente.

Y luego, evitar cometer los mismos errores que llevaron a Venezuela a padecer un gobierno que no merecían. No olvidemos que Chávez y Maduro son monstruos creados por un sistema político ineficiente, que nunca consideró prioritario el bienestar de los venezolanos, sino sus propias mezquindades. @drpichel

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