PLANIFICACIÓN

La ciudad egoísta: Carlos Antonio Solís Tejada

La ciudad egoísta: Carlos Antonio Solís Tejada La ciudad egoísta: Carlos Antonio Solís Tejada
La ciudad egoísta: Carlos Antonio Solís Tejada

En el griego antiguo el adjetivo idiota describía a una persona ignorante, sin habilidad alguna, ordinaria y sin sentido de ciudadanía. Se consideraba que se nacía idiota (o ignorante) y que solo, mediante la educación (o el amor a la sabiduría), uno se convertía en ciudadano. Por lo tanto, un idiota, por su ignorancia –en el sentido más integral de la palabra– era una persona centrada en sí misma, sin participación, preocupación u opinión alguna en los asuntos públicos, y que solo se concentraba en los asuntos propios. Así, el idiota o ignorante era esencialmente egoísta, y en este sentido el egoísmo es signo de ignorancia e incivilidad.

Soy un fiel convencido de que nuestra ciudad, como muchas otras del mundo contemporáneo, ha sido construida por egoístas. Este egoísmo permea todos los estratos económicos, los niveles de instrucción formal e informal y los distintos grados de poder en nuestra sociedad. Si se tiene alguna duda, basta observar la ciudad bidimensionalmente, en un mapa; tridimensionalmente, en su realidad material, con sus escalas a nivel de calles, y hasta tetradimensionalmente, con sus olores y ruidos.

Sobre el mapa, en lugar de una urbe compacta, densa y eficiente, se evidencia una ciudad fragmentada que se expande al infinito, con urbanizaciones privadas de bajísima densidad, contenidas en sí mismas con toda clase de barreras. Verdaderos campos de concentración para uso exclusivo residencial, con poca o nula conexión entre sí, por expresa y egoísta voluntad de sus promotores, diseñadores y residentes, en la búsqueda del paraíso de la “privacidad”.

También se ve este egoísmo en los barrios informales concebidos como repartición de un botín robado a grandes y egoístas latifundistas, lo que convierte a sus nuevos dueños en pequeños y egoístas minifundistas, bajo el beneplácito egoísta de políticos electoreros que, en lugar evitar esos purgatorios urbanos, con políticas de vivienda efectivas y justas, prefieren hacer posible el “sueño”–o pesadilla– de un pedazo de tierra gratuito, con los impuestos de los demás, que pagamos la sobreextensión irracional de los sistemas de infraestructura pública urbana.

En muchas de estas zonas residenciales, el egoísmo de sus residentes no tiene parangón, cuando surge un problema de seguridad prefieren encerrarse tras barrotes, murallas y alarmas, en vez de prevenir y controlar el delito, atendiendo los problemas sociales subyacentes. Cuando surge un problema de movilidad urbana, lo resuelven comprando carros a egoístas empresarios del sector automotriz, a quienes no les conviene un mejor transporte público. Muchos egoístas dueños de autos y de establecimientos comerciales, residenciales y oficinas, ante la falta de estacionamientos solventan su problema particular ocupando las servidumbres, isletas y aceras públicas, en lugar de invertir en edificios de estacionamiento y pequeños circuitos de transporte público. Tanto en urbanizaciones formales e informales, en edificios de vivienda de interés social como en grandes condominios, las áreas comunes son tierra de nadie, pues no se quiere pagar por su mantenimiento y, muchas veces, quedan sujetas a la depredación o apropiación egoísta de algunos residentes, lo que desmejora la calidad del ambiente urbano.

El nivel de egoísmo de los promotores entra en colusión con el de los consumidores en el esfuerzo por exprimir cada metro cuadrado, concibiendo grandes zonas monótonas y con la casi nula dotación de áreas públicas, comerciales o institucionales. Esto hace que, por necesidad, sean tardía y malamente resueltas por los pequeños empresarios emergentes, que violan los códigos de zonificación diseñados para mantener la monotonía de esos engendros urbanos. Esta es una preocupación que no encuentra solución satisfactoria, a menos que se hagan heroicos esfuerzos de planificación, sacrificando parte de las áreas residenciales, con grandes inversiones, para ubicar de manera adecuada las escuelas, centros médicos, templos, estaciones de policía, y áreas comerciales, de trabajo, ocio y esparcimiento, así como edificios de apartamentos. Estas áreas crean comunidades, no ciudades dormitorio, por lo que debieron concebirse antes.

No contentos con el caos creado “haciendo ciudad”, los bancos, promotores, arquitectos, constructores y consumidores unen fuerzas egoístas para sembrar torres, so pretexto de ayudar a densificar; además, de plantar centros comerciales o de oficinas, so pretexto de satisfacer necesidades del mercado, sin ninguna planificación que indicase la manera apropiada de hacerlo, ni estudios de mercado independientes que lo sustenten. En su lugar, aducen que los procesos de planificación y estudio le restan dinamismo y dinero a sus emprendimientos. Como resultado, tenemos torres de oficinas y residenciales semivacías, vendidas a inversionistas, pero con pocos residentes; y centros comerciales que le roban al espacio público, quitando aceras y áreas verdes, en lugar de aportar al paisajismo.

En el camino se pasaron, con aplanadora, la voluntad de quienes ya vivían en esas zonas mal urbanizadas. Si bien algunos de estos residentes se aferran al carácter mal planificado de sus monótonas zonas residenciales, la verdad es que las violentas imposiciones de los “hacedores de ciudad” no han dado cabida al diálogo sesudo que hubiese permitido planificar el espacio urbano, de forma científica y con todos los actores involucrados. La solución no es fácil, todo comienza por dar el salto cualitativo y pasar de “idiotas” a ciudadanos, para entonces estar en condición de reconfigurar nuestra urbe en una ciudad generosa con sus habitantes y sus visitantes.

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