‘UN CÁNCER QUE HACE METÁSTASIS’

Los embates de la corrupción: Enrique Jaramillo Levi

Cada vez más salta a la vista que la corrupción, en este país o en cualquier otro, es un cáncer que por todas partes hace metástasis. Mientras no se le descubra, sus efectos nocivos se desplazan subterráneos, pero una vez se revelan de forma tajante sus focos de contaminación –porque alguien decide hablar o por la súbita presión de determinadas circunstancias, que pueden o no dar lugar eventualmente a investigaciones serias-, podemos llegar a percibir y comprender la magnitud del daño, sus infaustas consecuencias en el tejido social de la nación.

Y ambas maneras de enterarnos, como ciudadanos de a pie, de cómo se fueron cociendo las habas en el caldero nacional, están llegando a un punto de ebullición que, por donde se le mire y juzgue, ya no tiene retorno. O se pone remedio pronto y certero -ejemplar-, o este país del sancocho y la zancadilla más temprano que tarde implosiona. Y habría que ver qué es peor, si explotar así, hacia adentro derramando pus en órganos vitales, o hacerlo hacia afuera sembrando el caos con lujo de violencia.

Sin duda podría debatirse por horas si la Corte Suprema de Justicia de Panamá es una cloaca más siniestra y maloliente que la nada honorable Asamblea Nacional de diputados. Sería una discusión interminable, tristísima, que poco aportaría a mejorar la salud nacional si no se hace algo al respecto.

Pero como sus dispositivos de seguridad sistémicos están diseñados para protegerse mutuamente y para blindarse contra cualquier intento legal de desmontar sus armaduras, tal discusión sería del todo bizantina; es decir, inútil.

A menos que se realice con el fin expreso de que la población tome conciencia plena del sistema fatal que nos rige, y con los elementos de juicio a la mano empiece a salir masivamente a la calle a protestar, a exponer su desesperanza, como cada tanto tiempo ocurre en otros países, en la cercana Guatemala, por ejemplo.

Por supuesto, como en todo enjambre humano, sin duda hay individuos -diputados, magistrados- que ostentan cuotas más altas de honorabilidad que las que no permean la vida y trabajo de no pocos de sus colegas en ambas instancias. Hay cierta indignidad, cierto hartazgo que se asume como bendición e impunidad, en las mieles más turbias del poder.

Pero aquí y allá a veces se salvan, aunque solo sea por omisión, unos cuantos. Sin embargo, no deja de ser lamentable el díctum cierto de que la mujer de César no solo debe ser honesta, sino parecerlo, y de que el poder absoluto corrompe absolutamente.

Algo similar ocurre al interior de los partidos políticos, de los demás cargos públicos e incluso en no pocas empresas de impoluta fachada: por dentro hay componendas y harta descomposición, y hacia afuera una actitud de santurrones que solo los muy ingenuos se creen año tras año, sobre todo cuando de una manera u otra alguna de estas instancias -o varias- les salpica prebendas. Porque si bien las formas que tiene la corrupción rampante de manifestarse son relativamente complejas pero limitadas, sus procedimientos sutiles o de grosera rudeza no suelen estar a la vista, y las mañas para su ocultamiento no tienen límites.

La política, lamentablemente, es el arte de engañar a las multitudes crédulas o patológicamente ingenuas que los pueblos faltos de educación y malicia siembran a su paso sin saberlo para que los más canallas y explotadores se aprovechen. Y gobernar, salvo en casos singulares como los de un heroico Nelson Mandela, no es más que una forma de ordeñar incautos chupando sin tregua las tetas libérrimas del erario público mientras se finge solidaridad y actitud paterna en inversiones públicas manipuladas, hartas de contubernios, coimas y espurios sobrecostos. Es sabido, aunque los fanáticos de un lado y otro prefieran ignorarlo, que en una democracia, al igual que en los gobiernos dictatoriales de derecha o de izquierda, no difieren mucho las múltiples maneras turbias en que opera la corrupción.

Panamá comienza a llegar a su límite de tolerancia. Aunque se investiga y se empieza a castigar a unos cuantos sinvergüenzas de la administración Martinelli por sus desafueros, subsisten individuos enquistados que pernoctan a la sombra del actual gobierno y siguen gozando de una poco disimulada impunidad. No hace falta dar nombres. Para no hablar de ese ser impresentable escondido en Miami al que el pueblo ha dado en llamar “el capo mayor”, quien a cada acusación sólida esgrimida en su contra logra zafarse mediante tecnicismos y leguleyadas abstrusas saliéndose una y otra vez por la tangente.

Y entre muchas otras cuestiones pendientes de investigar y castigar a los culpables, aún falta el desenlace, hasta ahora muy poco alentador -rancia cereza sobre el costosísimo pastel-, de la forma en que se ha venido manejando la ampliación del Canal desde la concesión acomodaticia hecha a Grupo Unidos por el Canal, en perjuicio del futuro panameño. Véase si no los números y analícese los desquiciantes reclamos hechos por este consorcio; y como resultado, empiécese a buscar a los culpables, que los hay. Tarde o temprano se sabrá la verdad.

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