PROMESAS

La palabra empeñada y no rescatada: Guillermo Sánchez Borbón

Si uno no teme enfrentarse a la realidad tal como es, no como le gustaría que fuese, la enigmática conducta del Presidente (que en un acceso de culpa colectiva nos autoinfligimos en las últimas elecciones generales) tiene una explicación muy sencilla. Se llama ignorancia cum maldad. Él no sabe (y ninguno de sus paniaguados se ha atrevido a decírselo, tal vez, porque ellos mismos lo ignoran) que una de las grandes conquistas de la revolución francesa –universalmente aceptada– es la eliminación de la cárcel por deuda.

Es la única explicación que le encuentro al hecho de que nos haya amenazado con meter al bote a todos sus adversarios políticos que estén –o él ha decidido que lo están– en mora con el fisco. A lo mejor el hombre se propone quedarse en el poder para siempre. Si usted quiere saber, Martinelli, hasta dónde puede llegar la ira del pueblo panameño, trate de eternizarse en la Presidencia para que lo averigüe de una vez por todas: “A drum, a drum! Macbeth doth come”.

Una de las características de su dolencia es buscar pleitos en el momento menos oportuno. Resuelva el tamal que le está cocinando la justicia italiana, por ejemplo, antes de buscarse nuevos líos. Con los que ya tiene basta y sobra para mantenerlo ocupado hasta que llegue el fin. O a lo mejor el problema sea otro, y otra la solución.

Como sabes, había comprado una pila de diputados (al por mayor salen más baratos). Por si no tuviera suficientes, acaba de comprar a otros diputados panameñistas. ¿Para qué? ¿Para qué digan que sí a cuanta burrada se le ocurra al “presindiente”? ¿O tiene planes más siniestros, como –en vista del éxito obtenido– reelegirse, eternizarse en la Presidencia? No es un capricho, tampoco es una desaforada ambición. Él es un buen padre y tiene que pensar en su prole. ¿Qué haría la pobre sin su sombra protectora? Hasta que la realidad le pase la cuenta con los intereses acumulados: “So foul and fair a day I have not seen”.

Ahora bien, el hombre no se deja intimidar por los hechos vulgares, como –para no ir más lejos–, la silbatina cum correteada con que lo recibieron en la zona bananera de Bocas del Toro. Tuvo que abordar, de carrerilla, el avión que lo devolvería a la seguridad de su reino de sombras. Los que perdieron la vista por la vesania presidencial le reclamaron el cumplimiento de la promesa que les formuló a los trabajadores cegados por la brutalidad de los soldados que envió el “presindiente” a sofocar una protesta obrera pacífica. Yo, como tú, creí que Martinelli había cumplido, hace tiempo, las promesas que les hizo a las víctimas de su brutalidad. Hoy sabemos que las formuló para beneficio de la opinión pública, y en la vana esperanza de que el tiempo sumiría en el olvido el vergonzoso episodio. Jamás pensó en cumplir la palabra empeñada en la hora más trágica en la historia del movimiento obrero panameño. Y acaba de cosechar el fruto de su atolondrada brutalidad.

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