HEROÍSMO POPULAR

9 de enero con su propia alma: Belisario Herrera A.

Son múltiples las circunstancias que influyeron para que se dieran los acontecimientos patrióticos del 9 de enero de 1964. El primer hecho favorable es que los institutores iniciaron la marcha en forma pacífica desde su alma máter, orientados y estimulados por el rector Dídimo Ríos, llevando consigo el pabellón nacional, de honrosa recordación por haberlo portado líderes de ese mismo plantel el 12 de diciembre de 1947 en multitudinaria manifestación contra la pretendida prórroga de las bases militares, con que la oligarquía panameña intentaba favorecer a Estados Unidos.

La segunda circunstancia es que al llegar los estudiantes al área de la escuela secundaria de Balboa existía un ambiente hostil por los residentes colonialistas, conjuntamente con sus hijos, sumada una policía zoneíta que con tolete en mano no tardó en arremeter contra los institutores, una vez que fue imposible colocar en el asta nuestra bandera, junto a la de Estados Unidos, conforme al acuerdo firmado por los presidentes Kennedy y Chiari.

Este brutal ataque corrió como pólvora por todos los medios noticiosos que contribuyeron a exaltar los ánimos, con la afrenta que habían sufrido los institutores y nuestra enseña patria, ultrajada por la arremetida colonialista. Era un hervidero de patriotismo por todos los caminos de la patria para avanzar en protestas masivas contra el atropello, una vez más del imperialismo a nuestro país. Fue un levantamiento popular espontáneo, dentro de la larga tradición antiimperialista de nuestro pueblo, en que las mayores conciencias revolucionarias tomaron su puesto de vanguardia, dispuestas a ir hasta el holocausto si fuera necesario y, en el enfrentamiento fueron cayendo, uno a uno, nuestros mártires, comenzando por Ascanio Arosemena, quien lucía una estampa deportiva oblicua en su camiseta que fue el blanco para el asesinato. Y nuestras masas allí, antes que acobardarse, se enfrentaban únicamente con el coraje de su espíritu a las bayonetas caladas de la soldadesca yankee acompañada de la Policía zoneíta.

De allí en adelante, con la caída de los primeros mártires, nuestro pueblo avanzaba con la fuerza de un huracán arrancando las cercas de ciclón, como si fueran hojas de papel. Aquellos gringos que estaban libres, acantonados en sus bases militares dentro del área canalera, embriagados, desprevenidos, ignoraban lo que ocurría. Como pudieron, escaparon despavoridos, buscando jurisdicción colonialista, no sin antes recibir los escupitajos de la muchedumbre, dándole su merecido con lo que tuvieran en las manos. Acusar de cobardes a nuestra Guardia Nacional por haberse acuartelado durante aquella refriega, no me parece justo. En esa esa gesta patriótica, la historia le había dado su propia alma. El presidente Roberto F. Chiari fue un rehén de la historia, para beneficio de su propia imagen.

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