APRENDER DEL PASADO

La enfermedad del olvido: Jaime Cheng Peñalba

Nos relata el escritor Gabriel García Márquez, en su obra Cien años de soledad, que una vez llegaron a Macondo diversos habitantes del otro lado de la ciénaga.

Con ellos, una joven de nombre Rebeca, portadora de la enfermedad del insomnio.

Con el pasar del tiempo, los habitantes del pueblo ya no podían dormir; empezaron a olvidar los nombres y el uso de las cosas.

Como una medida de emergencia se dieron a la tarea de colocar letreros a todos los seres vivientes, por mínimos que parecieran, para poder recordarlos.

Además sintieron la necesidad de colocar no solo el nombre de los objetos, sino su utilidad. Así el pueblo pareció adaptarse a su nueva realidad hasta que un buen día apareció un mago, conocido en la localidad, quien les suministra una pócima que les devuelve su estado de conciencia.

Si establecemos algún tipo de semejanza entre este episodio de la obra en mención y nuestras vivencias latinoamericanas, podríamos anotar que el autor se inspiró en nosotros para construir su escenario mágico.

En América Latina todos nuestros pueblos tienen la tendencia a olvidar el pasado. Algunos lo hacen con más celeridad que otros. Hay relatos de cosas realmente vividas que parecen ficción o arrebatos de locura colectiva por parte de nuestras sociedades.

En uno de estos países, por ejemplo, un expresidente que había sido condenado por corrupción, repudiado por sus paisanos e inhabilitado para ejercer funciones públicas, llegó con el tiempo a ser sobreseído y a ganar de nuevo las elecciones.

En otros países, observamos a figuras electorales que ocuparon jefaturas militares, sometieron a la población a vejámenes, pero que hoy día gozan de amplia popularidad.

En Panamá, expresidentes que dejaron sus cargos con un nivel bajo de aceptación, hoy tratan de ganar notoriedad, como si nada hubiera pasado. Como se dice, borrón y cuenta nueva.

¿En dónde quedan las denuncias por desfalco y tráfico de influencias de las figuras públicas? La justicia panameña parece atravesar por un lapso de amnesia.

Después de los cuatro años de gestión arnulfista, en la era posinvasión retomó el poder un partido que se creía a punto de desaparecer y cobró vigencia, catapultando a su candidato a la silla presidencial.

Los electores panameños olvidan los antecedentes y vuelcan su voto como medida de castigo por las promesas no cumplidas.

Al parecer, la desesperación acompañada de la frustración hace que las memorias colectivas de nuestras sociedades busquen en el pasado algún signo de esperanza, ante la ausencia de propuestas políticas novedosas y dotadas de una verdadera misión de cambio.

De esta forma, los corruptos se vuelven ángeles, los villanos llegan a convertirse en héroes y los dictadores del pasado pueden resultar una apuesta tentadora para la solución de los problemas de inseguridad y baja calidad de vida que sufre la población.

No se trata de tomar revancha del pasado, pero tampoco podemos estar repitiendo los mismos errores, por el desconocimiento de nuestra historia.

De lo contrario, como se cuenta al final de la obra antes citada, nuestras especies latinoamericanas estarán condenadas a no tener “una segunda oportunidad sobre la tierra”.

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