CAMBIO DE ENFOQUE

Para erradicar la violencia, menos es más: Anilena Mejía

“A problemas complejos, soluciones complejas”. Este parece ser el motto detrás de nuestros esfuerzos para prevenir la violencia en Panamá. Quiero proponer lo opuesto. Introduzco en este escrito el concepto de lo mínimamente suficiente. Primero, permítanme hacer una síntesis de lo que hasta hoy sabemos sobre la violencia.

La evidencia científica indica que las experiencias tempranas son un factor de riesgo importante. Las conductas de la madre durante la gestación, tales como el consumo de sustancias y el estrés, pueden marcar biológicamente a algunos niños, poniéndolos en riesgo de comportamiento agresivo. La identificación de “bio-marcadores” de la violencia es todavía incipiente, pero prometedora.

El impacto de factores familiares ha sido estudiado más a fondo, por ejemplo, el de la relación de crianza. Diversos estudios demuestran que los niños que son criados en ambientes estresantes en donde hay separación y maltrato, tienen mayor probabilidad de cometer un crimen violento más adelante en la vida.

En el plano comunitario, los datos sugieren que vivir en un barrio con altos índices de pobreza es un factor de riesgo, mientras que a un nivel macro es también importante considerar la posición geopolítica de un país. Por ejemplo, la violencia en Centroamérica, la región con los índices de homicidios más altos del mundo, podría tener relación con su historia, como puente de paso entre norte y sur. Mientras que en la época colonial éramos la ruta del oro, hoy en día representamos un puente para el tráfico de drogas entre una región de producción y otra de consumo.

Científicos como Urie Bronfenbrenner diseñaron modelos para entender la complejidad, organizando los factores importantes en múltiples niveles: individual, familiar, comunitario y sociopolítico. Pero lo que pretendo proponer en este escrito es que en un marco de complejidad, tal vez la mejor opción es la simplicidad.

En algunos países ya comienzan a ser populares los modelos de intervención minimalistas. La idea es introducir en un sistema solo lo suficiente. En otras palabras, introducir una intervención “pequeña” y asumir que este cambio tendrá un impacto de “bola de nieve”. El impacto de esta intervención mínima luego puede medirse con experimentos sociales.

Les pongo un ejemplo práctico. ¿Qué ocurriría si incluimos en la factura de agua un panfleto corto que ofrezca a los padres estrategias focalizadas para lidiar con pataletas infantiles? En la Universidad de Manchester, mis colegas hicieron algo similar con padres refugiados en la frontera entre Siria y Turquía. En vez de incluirlo en la factura para el agua, incluyeron este folleto en los envoltorios de pan. En Kenya se evalúa si es posible prevenir la depresión al introducir una “banquita de apoyo social” que se pone en los parques. En Colombia intentan evaluar si es posible ofrecer herramientas para estimulación cognitiva temprana, a través de un video en las salas de espera pediátricas.

¿Cuáles serían las ventajas de un enfoque minimalista? Primero está el asunto de los recursos. Las intervenciones complejas son costosas pues requieren de personal muy especializado para llegarle a toda la población en riesgo “cara a cara”. Segundo está el asunto de la retención. Las familias que viven en riesgo social tienen vidas muy ajetreadas. En mi experiencia, muchas no tienen ni el tiempo ni la motivación necesaria para acercarse a un centro de atención y participar en un programa prolongado. Si logramos simplificar el mensaje y ofrecer solo el componente clave, o en otras palabras, aquel que es “realmente efectivo”, entonces, aseguramos que la población reciba justo lo que necesita durante su corta interacción con los sistemas públicos. Tercero, las intervenciones mínimas son más fáciles de evaluar y, por ende, es posible medir su impacto de manera similar a la que utilizamos para evaluar una vacuna antes de ofrecerla al público a mayor escala.

Por último, lo más importante es que las intervenciones minimalistas son escalables. En este mundo hay recursos limitados y una población en pobreza que crece más. Hace unos días vi una entrevista a una investigadora importante quien dijo que si ella pudiera cambiar algo en este mundo sería reducir el tamaño de la población, sin hacerle daño a nadie. ¿Tendrá razón? Pienso que no somos muchos, sino que somos muchos pobres, por ende, jamás nos alcanzarían los profesionales de salud necesarios para llegarle a todos con intervenciones largas, complejas y costosas. Estas intervenciones son difíciles de diseminar, expandir y llevar a escala. Con los avances en la tecnología móvil, a la que ya casi todos tenemos acceso, no hay justificación para esto.

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