ACTOR SOCIAL

La función del escritor auténtico: Enrique Jaramillo Levi

Me atrevo a afirmar que, lamentablemente, un porcentaje altísimo de personas, en Panamá y en el mundo, no tiene la menor idea de qué importancia tienen las obras literarias, ni entiende la función del escritor; su a veces obsesiva necesidad de expresarse mediante el perfeccionamiento de la palabra escrita y, por extensión, a través de la publicación de libros.

Libros llamados novelas, o colección de cuentos, poemas o ensayos. Libros destinados a ser leídos en un mundo en el que cada vez se lee menos con rigor y autenticidad, porque son otros los intereses que rigen, a menudo prefabricados, sin trascendencia alguna, desechables.

Intereses que privilegian la imagen fugaz y la banalidad del espectáculo, como señala Mario Vargas Llosa, por encima de la precisión y belleza del lenguaje; y que a menudo propician y publicitan de manera desmedida, incluso en las artes y en la literatura, el facilismo y la frivolidad.

A los escritores, por tanto, a menudo se nos ve como personas de actividad prescindible, sin oficio ni beneficio valederos, cuyo trabajo creativo poco o nada aporta al desarrollo práctico de la sociedad. Lo cual causa que todavía hoy, pese a los grandes negocios editoriales que lucran con los llamados best sellers, no sea apreciada en su justa dimensión la escritura de obras que artísticamente auscultan la condición humana, y que a través de determinadas tramas, personajes y atmósferas plantean conflictos y desenlaces que por su profundidad y perfección formal logran ver detrás de la simple fachada de las cosas, haciéndolas trascender.

Y no obstante, en el siglo XXI los escritores continuamos produciendo textos que buscan hacer justamente eso: presentar una determinada visión del mundo al escudriñar el comportamiento de individuos y sociedades, interpretar la razón de ser de sus acciones, criticar la injusticia en sus manifestaciones diversas. Es decir, señalar formas de conformidad que contribuyen a perpetuar sistemas caducos, o de rebelión impostergable de parte de quienes viven la realidad de una cierta manera.

Así, la función del escritor auténtico, desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, es la de ser un testigo ilustrado de sí mismo y de su tiempo, de la época que le ha tocado vivir; y hacerlo en sus obras poniendo en juego, de manera armónica y coherente, las bondades de la experiencia, el conocimiento, la imaginación y el oficio literario sin concesiones a las veleidades del mercado, corriendo riesgos a veces. Y no se trata simplemente de retratar la realidad, de reproducirla tal cual, que sin duda tiene sus méritos, sino de recrearla añadiéndole ese toque de subjetividad interpretativa que convierte a la buena literatura en algo original, difícilmente imitable. En algo que a menudo implica desgarramiento y dolor, pero también una intensa satisfacción de parte del creador cuando consigue terminarlo.

Nada hay tan grato como sentir que una obra se ha cerrado sobre sí misma alcanzando un estado de plenitud, de gracia; y con suerte poder anticipar que pronto podría estar en manos de un lector sensible.

No importa si la sociedad lo entiende y lo premia –aunque sin duda cuando esto ocurre la autoestima se potencia y los esfuerzos de superación artística e intelectual se multiplican–; lo verdaderamente importante es que el escritor lo entienda, y que al hacerlo actúe en consecuencia. O lo que es lo mismo: que escriba lo mejor posible, con fuerza y de manera convincente; que logre conmover al lector, sacudirlo, sacarlo de su modorra o conformismo. Hacerlo sentir y pensar de otra manera. Quizá por primera vez.

Si a mediados del siglo XX, bajo la égida del escritor y filósofo francés Jean Paul Sartre (1905-1980), se puso de moda la insistencia de la izquierda intelectual en la necesidad del “compromiso” por parte del escritor, a través de una suerte de deber inclaudicable de hacer una “literatura comprometida”, que ellos entendían dogmáticamente como de compromiso con el marxismo, redención del proletariado y condena a ultranza de las oligarquías criollas y el imperialismo yanqui rampante, en el mundo neoliberal de hoy, sujeto al “capitalismo salvaje”, como le llamó el papa Juan Pablo II, así como a la amenaza permanente de los radicalismos islámicos y las tendencias terroristas, la corrupción desmedida y el abuso del poder, entre otros muchos temas vigentes, la literatura tiene la posibilidad de abarcar un espectro mucho más amplio de asuntos y estilos de escritura que entrañan tanto aspectos estéticos como éticos.

En este sentido –como en realidad siempre ha sido–, la verdadera literatura, la que corresponde al momento que nos ha tocado vivir, debe desplegar su compromiso con la multiplicidad de facetas que incumben al ser humano, desde los problemas de su autoconocimiento y equilibrio interno, pasando por la complejidad de las relaciones humanas y de su interacción con la sociedad, hasta la búsqueda y obtención de la justicia y la libertad. Así, en aras de la creatividad y el espíritu crítico y contestatario propio de los buenos escritores, ninguna actividad humana puede serle ajena a la literatura, a la posibilidad de su plasmación expresiva.

Si en última instancia todo converge en la permanente sed que tenemos de lograr el disfrute de cierta cuota mínima de felicidad, el arte en general, y la creación literaria en particular, cuando surgen del talento de un verdadero artista, contribuyen al desciframiento y sustentación de esa afanosa búsqueda; le dan significación y, a veces, permanencia.

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