EDUCACIÓN INTEGRAL

La escuela, eslabón entre la familia y la sociedad: Jaime Cheng Peñalba

Una de las funciones que posee la escuela es, precisamente, ser intermediaria de la capacitación entre la familia y la sociedad. En el hogar hay reglas y obligaciones que se supone deben acatar los niños que están en proceso de crecimiento y formación ciudadana.

En los planteles educativos, el código de reglas y exigencias tiende a ser más estricto que en el hogar. La familia, en primera instancia, y luego la escuela deben ser garantes de la formación de los jóvenes para su desenvolvimiento en la sociedad. Un adolescente que incumple los deberes asignados por sus padres, tratará de hacer lo mismo en la escuela; por lo tanto, su proceso de adaptación se tornará más conflictivo.

Un joven que no siente respeto por sus padres, generalmente, tratará de irrespetar a sus profesores y hará lo posible por no acatar las normas escolares. En el salón de clases, el docente distingue entre los alumnos que reciben formación en sus hogares y los que están huérfanos de esta.

La escuela es un reforzador de la conducta y aprendizaje de los alumnos, pero si la familia no dicta esas normas, en primera instancia, la labor de enseñanza se torna más difícil.

Los padres pueden llegar a ser muy tolerantes con sus hijos, pero en la escuela no se puede pasar por alto lo que podría convertirse, a largo plazo, en una transgresión a las normas sociales. En todas las sociedades hay normas que cumplen la función de apoyo a la organización social. Muchas pueden ser cuestionadas porque no se ajustan a las demandas sociales o, sencillamente, dejaron de tener vigencia. Sin embargo, su inexistencia (sean justas o injustas) nos puede conducir a un desequilibrio social o al estado de anarquía.

Cada vez son más los estudiantes que tratan de imponer sus propias reglas dentro del recinto escolar. Por ello, se requiere que los docentes, en alianza con los padres de familia y otros miembros de la comunidad educativa, expliquen de forma racional la razón y el porqué de estas normas.

Si los muchachos no le encuentran significado a las reglas impuestas en los centros educativos, simplemente, tratarán de pasar por encima de ellas. También existe un número plural de padres de familia que se considera con autoridad para cuestionar a la escuela y sus directivos. Muchas veces sienten que, por el nivel de estatus y poder adquisitivo que ostentan, pueden desobedecer las reglas y, lejos de apoyar la labor docente, lo que hacen es desautorizarla. No se han percatado de que la familia y la escuela son agentes de socialización, como bien señalara el sociólogo francés Emile Durkheim. Si ambas instituciones no cumplen con su rol de socialización, entonces otras instancias lo harían de manera más coercitiva (Policía, juzgados, corregiduría etcétera).

La actitud permisiva de algunos padres es perjudicial para la formación del adolescente y refuerza antivalores como el irrespeto y el “juega vivo”. Muchos padres cuentan anécdotas deformantes de su paso por la secundaria, por ejemplo, cuando robaron un examen o se fugaron de alguna clase; hacen gala de estas historias como si fuera una gracia o para “ganar” la confianza de sus acudidos, pero ello repercute a corto plazo en la desacreditación: “Si tú lo hiciste yo también puedo”.

Hoy vemos a madres jóvenes, en su mayoría solteras, que se enfrentan a los docentes para reclamar algún castigo, reprobación o nota baja de sus acudidos, que consideran injusta. Creen más en la palabra de sus hijos que en la del adulto. Por otra parte, los padres divorciados que comparten una nueva relación, delegan la función de supervisión a sus exparejas; no prestan mucha atención a los informes de los docentes sobre sus acudidos, y tratan de resolver su ausencia del hogar con dinero u obsequiando caprichos caros.

Los niños que son fruto de estas efímeras relaciones maritales constituyen el blanco de verdaderas batallas y agresiones que incluso se prolongan hasta la etapa universitaria. Se conocen a los hijos de padres separados, porque presentan dos características, o son muy distraídos hasta el punto de perder casi todo el interés por la escuela o se tornan agresivos hasta con sus compañeros. Los padres deben entender que la escuela es un espacio de comunicación y orientación para sus hijos. Muchas veces un docente sabe más de la vida y sufrimiento de los estudiantes que los mismos acudientes. Es importante que la escuela haga respetar su reglamento interno sin fueros ni privilegios. Si no lo hace estaría patrocinando el mismo rol deformante que algunos hogares.

El que un docente establezca normas distintas a las de sus colegas y de la escuela también crea confusión en el alumno y contribuye a que se pierda la visión del colegio como un todo.

En el hogar y en la escuela el que ama educa y educar no es sinónimo de tolerancia extrema ni proteccionismo castrante.

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