DONACIÓN DE SANGRE

¿Cuál es el espíritu del proyecto de ley 175?: Angélica Rodríguez

Dios nos dio la vida y, por consiguiente, la sangre como regalo para cumplir nuestro propósito aquí en la Tierra. Cuando Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en sus narices aliento de vida y le otorgó, de esta manera, el espíritu divino llamado también espíritu vital o alma (Génesis 2:7).

En el Antiguo Testamento, Deuteronomio afirma, con sencillez, que la sangre es la vida (Deut 12:23). Pero hoy sabemos que el Nuevo Testamento nos trajo a Jesús que derramó su sangre en una cruz para darnos la salvación y llevarnos a la vida con el Eterno.

Si la sangre es la vida, si contiene facultades espirituales, no resultaba insensato pensar que por medio de ella podamos incentivar, de manera económica, a que las personas vean la donación como un negocio jurídico… y no regalo de vida al que nos dejó nuestro señor Jesucristo: “Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado” (Jn 13,34).

¿Por qué promover una ley con base a estadísticas europeas, cuando en Latinoamérica la cultura es tan impactante y diferente? ¿Quién pueda hablar de solidaridad, si recibe dinero a cambio de ese acto? ¿Cómo puedes regalar o donar sangre y reclamar un incentivo económico para ello?

Analicemos la iniciativa de nuestros legisladores, con la presentación del proyecto de ley 175, del 2 de marzo de 2015, “Por medio de la cual se incentiva la donación voluntaria de sangre del personal de las empresas, tanto privadas así como entidades de Gobierno en todo el país”.

La Constitución nos enseña en el artículo 105, que el Estado es el responsable de velar por la salud. Donación es “acto de liberalidad por el cual una persona dispone, gratuita e irrevocablemente, de una cosa en favor de otra que la acepta”. También en el artículo 11 de la ley que regula el Banco de Sangre define “donante de sangre” toda persona comprendida entre los 18 y 65 años, que cede, libre, voluntaria y gratuitamente, una porción de su sangre para que sea utilizada con fines terapéuticos o de investigación. Estas premisas conceptuales, claramente establecidas en nuestra regulación, nos dan las razones por las que dicho proyecto de ley se hace improcedente.

Panamá es un país que copia muchos modelos de otras esferas, y que en ocasiones no puede reproducir por la capacidad cultural y económica que impacta a la sociedad. Estadísticas del Instituto Oncológico Nacional han aumentado en cuanto a la donación de sangre voluntaria “no remunerada” en los últimos tres años, debido al Programa de Dona Vida que se lleva a cabo a través del Banco Bus. Este sistema fue implementado para subsanar el déficit que personas de escasos recursos no podían brindar a sus familiares que requerían de transfusiones sanguíneas.

Empero lo anterior, pienso que es una manera para que podamos ir desarrollando políticas de Estado, para aumentar la conciencia y transformar la cultura del panameño. Sin desvirtuar que el concepto de donación y solidaridad son valores inherentes a la persona humana, que nacen de su interior, alma y la emoción de ese sentimiento de ayudar, sin que se ciña a una retribución al finalizar el año. Cabe destacar que este proyecto no busca solucionar un problema cultural, sino incentivar el consumismo y capitalismo que emerge de una necesidad intrínseca del ser humano; que vulnera nuestros derechos y deberes individuales y sociales, como ciudadanos de una república.

Hoy se vulnera un derecho humano que puede verse como un incentivo; mañana el consumismo y la avaricia pueden cambiar y el Estado panameño (espero en Dios que no pase) podría quedar en una situación económica como estuvo España, y está Grecia, Puerto Rico, y no podría solventar los pagos al final de año. Si eso ocurre, ¿los donantes, “solidarios por incentivo económicos”, vendrán a los bancos de sangre? ¿Serán aptas las unidades de sangre de los donantes que buscan el incentivo? ¿Qué impactará más al Estado, el incentivo económico o el costo de las unidades de sangre rechazadas por pruebas serológicas? ¡Reflexionemos!

Solo me resta concluir que no podemos manejar las normas a nuestra conveniencia, ni necesidad del momento, y afectar el futuro de las próximas generaciones, buscando el bien común, en lugar de el de los particulares. (Romanos 12:2).

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