PROLIFERACIÓN

El estiércol de la corrupción: Xavier Sáez-Llorens

La gente tiende a señalar a los políticos como la clase más corrupta que existe. Me incluyo en esta generalización. Si analizamos rigurosamente lo que sucede al derredor, empero, nos daríamos cuenta que es nuestra sociedad la que está podrida. Todos los que han ostentado puestos gubernamentales surgieron de su seno. Lo único que le hace falta al panameño para elevar su “juega vivo” a la máxima expresión es alcanzar el poder y gozar de impunidad. Hay corrupción en el Gobierno, en las empresas, en las instituciones, en los medios, en los partidos, en los sindicatos, en los gremios, en la universidad, en la asamblea, en la Corte de Justicia, en los clubes cívicos, en los bancos, en las iglesias, en los profesionales y en los ciudadanos comunes. La principal diferencia entre una y otra corrupción radica en el monto robado y en el grado de afectación a terceros, ambos más acentuados cuando se está en posiciones de mayor jerarquía.

Aplaudo cualquier esfuerzo que intente adecentar al país, venga de donde venga. No obstante, el deseo no solo debe ser genuino sino que debe haber una aceptación de las propias falencias, entonando el mea culpa antes de pregonar probidad. Los tres estamentos que tradicionalmente se han dedicado a impulsar los buenos valores en muchos países del mundo son las organizaciones de ética o transparencia, las denominaciones religiosas y los sectores educativos. Tristemente, en Panamá, ninguna de estas instancias cumple con integridad su supuesta misión. Para dictar lecciones de moralidad, primero se requiere dar el ejemplo.

Numerosas asociaciones criollas fomentan los valores éticos pero, en incontables ocasiones, sus actuaciones responden más a intereses personales, empresariales o partidistas que a auténticos anhelos. Se valen de autodenominados “líderes” de la sociedad civil para que actúen de portavoces de cara a la ciudadanía pero, con frecuencia, emplean a personajes anárquicos, opuestos a cualquier iniciativa, que agriamente fustigan todo lo que haga el gobierno de turno, sin ensalzar las acciones que se ejecutan de manera correcta. Las críticas, por lo general, se basan en especulaciones o percepciones, tildando a todo funcionario público de corrupto sin contar con la evidencia correspondiente. Los medios, en lugar de mostrar neutralidad y buscar las versiones de ambos bandos, incitan al morbo y juzgan con ligereza perniciosa. Acusar sin pruebas debe ser también motivo de cárcel.

Las cúpulas religiosas tampoco son entidades de limpia categoría. Recientemente, la Conferencia Episcopal publicó un comunicado que clama por democracia, transparencia, justicia e independencia entre los órganos estatales. Curiosamente, sin embargo, la Iglesia es una institución antidemocrática, turbia, desapegada de lo jurídico y parásita de la teta gubernamental. Se rechaza el derecho a la mujer a participar en el sacerdocio, se dispone que solo participen cardenales en la elección del nuevo pontífice pese a una cifra de mil millones de feligreses, se aparta a los teólogos que disienten de los asuntos eclesiales, se impide que auditorías independientes evalúen sus finanzas y maniobras bancarias, se esconden confesiones de asesinato, violación o desfalco para provecho dogmático, se transfiere de parroquia a los pederastas para obviar la justicia terrenal y se interfiere con modernas estrategias educativas y sanitarias enfocadas al bienestar global de la población.

Finalmente, aún más terrible es saber que la educación nacional repta por pantanos de alfabetización disfuncional, tanto a nivel escolar como doctoral. La juventud estudiosa no tiene modelos que emular. La perpetuación del rector es un acontecimiento deplorable en una universidad que no ha mejorado su nivel de enseñanza e investigación durante décadas y sigue abismalmente rezagada de estándares internacionales. Los métodos de elección fueron bochornosos. No hubo debate de ideas y unas peculiares ponderaciones hicieron ganador al candidato menos votado. Todo un réquiem a la academia. A nivel colegial, la situación es incluso peor. Mantengo una enorme discrepancia con la hierática ministra del ramo por su nefasta negativa de incorporar la instrucción sexual y querer eliminar saberes filosóficos en las escuelas. La considero cómplice de todo nuevo caso de adolescente contagiado por el VIH que ocurra en el istmo debido a desinformación sobre sexualidad segura. Pese a mis desavenencias, admito que ella parece ser una persona trabajadora, comprometida con mejorar los métodos pedagógicos de los planteles estatales. Lamentablemente, los gremios abortan cualquier intento de progreso educativo, obstaculizando la transformación curricular por motivos mezquinos. Sus cabecillas parecen más una pandilla de maleantes iletrados que modélicos integrantes de un profesorado culto. Mientras tanto, la brecha del conocimiento entre lo público y privado sigue agrandándose sin parar.

Solo visibilizo dos soluciones para diezmar el extraordinario grado de corrupción en el país. A corto plazo, designar a gente verdaderamente honesta para administrar justicia, que logre certeza de castigo para todos los involucrados en actos delictivos. A largo plazo, reformar profundamente el sistema educativo nacional, promoviendo ética, civismo y transparencia como asignaturas obligatorias. Como apuntaba la genial cantante Joan Báez, “si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabarás formando parte de ella”. Después, a nuestros hijos les será muy difícil emerger del estiércol dejado, agrego yo.

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