ENCRUCIJADA

El examen de barra

Dichas pasiones dominan el raciocinio y pueden, al igual que el personaje del autor, terminar por manifestar desgracia, tragedia y sufrimiento, en particular para la abogacía. El amor, la avaricia, la venganza, la ambición, la mentira, la inteligencia, la duda y la locura, son algunas de las pasiones que Shakespeare utilizaba para personificar a sus personajes. Usted, querido lector, puede tomar cualquiera de las pasiones para sacar sus propias conclusiones; yo me limitaré al uso de la inteligencia, o más bien del sentido común.

Al igual que todo proceso contencioso, entre las partes (los que están a favor los que están en contra) existe incompatibilidad de dos proposiciones, que no pueden ser a la vez verdaderas, por cuanto una de ellas afirma y la otra niega lo mismo.

La barra en su contexto legal tiene tres significados posibles. La división de la sala (Corte Suprema, tribunales) entre su trabajo y áreas públicas (vale decir quienes están autorizados, o no, para estar dentro del área reservada para jurisconsultos conocedores expertos en leyes y en ciertos casos de colaboradores); el proceso de calificación para ejercer la abogacía, y la profesión legal per se.

Si bien la frase “Ser miembro del Colegio Nacional de Abogados” (Artículo 1, de los requisitos para ejercer la profesión) fue declarada inconstitucional por la Corte Suprema de Justicia, establecer un examen de barra sin una concatenación obligatoria con los gremios formalmente reconocidos resultaría en un rotundo fracaso.

Cito de don Ángel Ossorio en El Alma de la Toga, “personas de gran responsabilidad sostienen que la inteligencia es la facultad suprema a la que debe subordinarse el sentimiento”; ... “que sobre la percepción difusa, indefinible e informulable ha de estar la lucidez y la precisión de las ideas definidas, objetivas”; “que la supremacía de la razón es un principio de conducta que pertenece a la moral”; que el catolicismo y la tradición clásica proclaman que la sociedad ha de estar formada por hombres de razón, por caracteres lógicos, consistentes, por hombres (y mujeres) capaces de juzgar y de refrenar sus propias impresiones, no por caracteres delicuescentes, dispersos, degenerados, que sean juguete del oleaje de la vida...”.

“Es mejor saber después de haber pensado y discutido, que aceptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar”. Fernando Savater.

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