DESPLAZADOS DEL PROGRESO

Entre excesos y escasez: Juan Carlos Rivera

“Al mal tiempo buena cara” es una de las frases más representativas del optimismo dentro de nuestra comunidad lingüística. Este tipo de actitud es digna de admiración, pero suele tener sus implicaciones negativas cuando nos acostumbramos a tomar por el lado amable todos nuestros infortunios, tal como sugería el Chavo del Ocho, y terminamos adaptándonos a ellos, en vez de hacer algo por resolverlos.

Algo parecido sucede como respuesta a los desastres “naturales” que recientemente han impactado al país, por obra y gracia del cambio climático y del fenómeno de El Niño. Sin embargo, hemos convertido estos dos eventos climatológicos en chivos expiatorios para eludir nuestra responsabilidad por lo que sucede y hasta en aliados de nuestros eficientes planes de autodestrucción. A pesar de los escasos 77 mil 82 km2 que mide el territorio nacional, estos traviesos fenómenos –aunados a nuestras malas prácticas– producen efectos contradictorios, pero igual de calamitosos en distintas regiones del país, tales como inundaciones y deslaves en unos puntos, y sequía en otros.

Sin embargo, lo más paradójico del caso es que, a pesar de todo el malestar implícito en estos desastres, sobran compatriotas que no pierden la oportunidad de aprovecharlos. Hace unos días fuimos testigos de la impresionante creatividad del panameño, al ver cómo una joven aprovechó la profundidad de las aguas, que usualmente inundan las calles y convierten varios puntos de la ciudad en una suerte de “Venecia estacional”, para ser remolcada en su morey boogie o bodyboard por una moto acuática. Esta imagen, supongo, le dio la vuelta al mundo, y de seguro muchos allá afuera se deben preguntar si la ciudad de Panamá es anfibia y apta para practicar deportes acuáticos, dada la singular ocurrencia de estos acontecimientos. Lamentablemente, a escasos 30 minutos de este idílico escenario, la realidad era otra. Cuatrocientas residencias eran arrasadas por las inundaciones y los deslaves, dejando desamparadas a más de 2 mil personas. Estas tuvieron que ser reubicadas en albergues temporales que, seguramente, se convertirán en permanentes, debido a la desaparición física de los espacios que ocupaban sus residencias y, sobre todo, a la “bonanza inmobiliaria” del país. Hoy día, para el panameño decente promedio (incluyendo al de la desconceptualizada “clase media”), es económicamente imposible adquirir una vivienda en áreas realmente habitables a pesar de “todas las opciones habitacionales” que los promotores de vivienda ofrecen, con “cómodas letras” que muchas veces superan los ingresos familiares totales.

Por ende, este representativo y osado personaje se ve obligado a “resolver”, exponiéndose a sí mismo y a los suyos a peligros inminentes exacerbados por una naturaleza vengativa y rabiosa, y por la inexplicable pero popular práctica de atiborrar los desagües con basura y concreto, primero líquido y luego sólido. Mientras tanto, al suroeste de este hiperpluvial contexto las cosas son exactamente opuestas.

El arco seco se queda huérfano de producción agrícola y pecuaria a raíz de los embates climatológicos y de la mano humana. Las “marabúnticas” prácticas de producción agropecuaria de los azuerenses han causado que los efectos del cambio climático y del fenómeno de El Niño se acentúen con mucha mayor intensidad, haciendo desaparecer el agua y la factibilidad de las actividades que de ella dependen, incluyendo la habitabilidad de esta región ya caracterizada por su marcado éxodo hacia las periferias. Por ejemplo, no es de sorprender que este año Los Santos, alguna vez conocida por su productividad agrícola y pecuaria, haya tenido que prescindir de casi el 50% de sus hatos bovinos y apenas recuerde, con nostalgia, los cultivos de antaño.

A esta problemática hay que sumarle las políticas de exterminio de las que los productores son objeto por parte de los gobiernos empresariales posdictadura militar y sus planes de “desarrollo” económico. Estos últimos, a fin de incrementar el insaciable margen de utilidades de sus oligopolios, se han empeñado en hacer desaparecer al productor nacional para justificar la importación de productos a más bajo costo y luego comercializados a altos costos. No obstante, su cuota de culpa queda saldada gracias a los programas de “apoyo al productor”, cuyos beneficiarios son casi siempre allegados consanguíneos o políticos carentes de toda trayectoria agropecuaria.

Solo me resta decir que el progreso de un país no se mide en función del crecimiento económico, sin importar a cuántos desplace, sino en base al desarrollo humano y a cuántos incluya.

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