VIOLENCIA

¿No existe ya la pena de muerte?: Joaquín Perurena D.

No veo el debate en torno a la pena de muerte. La pena de muerte en nuestro país es una realidad. Ha sido establecida desde hace tiempo y reforzada en los últimos meses por la delincuencia.

Sea narcotráfico, delincuencia común, secuestro o cualquier otra forma de delinquir, la pena de muerte forma parte del arsenal de trabajo de los que viven del delito. Los únicos que no podemos echar mano de ella somos nosotros: la sociedad civilizada. El hampa echa mano de ella cada día. Se hacen juicios inmediatos y sumarios. Se ejecuta a la gente sin contemplaciones. La vida no vale nada en nuestras calles, y ahora se suma la crueldad como nuevo elemento perturbador en la ejecución de los crímenes, como para asegurarse la portada de los periódicos más sensacionalistas.

Me apena ver a funcionarios en puestos de gestión y a candidatos a la presidencia tomar partido, en base a posiciones políticamente correctas en torno al tema y no en base a lo que creen. Por supuesto que pensar en debatir sobre la pena de muerte o imaginarla en tu país como parte del arsenal judicial no es posible para el panameño de a pie hasta que... alguien que amas profundamente es asesinado, con crueldad y sin sentido. Allí el debate termina y la pena de muerte se vuelve una opción.

Discursos de barricada de izquierda son fáciles de articular al lado de tu refrigerador repleto. Discursos ambientalistas en defensa de árboles y cetáceos son fáciles de construir desde tu casa de playa. Y discursos sobre la mala idea de instaurar la pena de muerte son facilísimos de argumentar, cuando no te han matado a un ser querido. ¡Tantos sueños truncados! ¡Tantas posibilidades que no serán! ¡Tanto dolor! Mientras, los asesinos se ríen de ti, de mí y de toda la sociedad. Una sociedad que, tal parece, no está dispuesta a pagar el precio de su propia libertad.

La Iglesia tiene también algo que decir. No puede librarse tan fácilmente de este debate. Es por eso que le ruego al lector me permita citar el artículo 2266 del Catecismo de la Iglesia católica aprobado por Juan Pablo II. El artículo reza así: “La preservación del bien común de la sociedad coloca al agresor en estado de no poder causar perjuicio. Por este motivo la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionales a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte”.

Por todo lo anterior, la pena de muerte debe instaurarse en Panamá. De no hacerlo, muy pronto la espiral de violencia ascendente no se detendrá y veremos el nacimiento de vigilantes y grupos paralelos armados que, hastiados de ver a la justicia fallar, tomarán la ley en sus manos.

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