ECONOMÍA

Cuando se acaban las expectativas y se hacen presentes las realidades: Francisco Bustamante

Se escuchan voces que con mayor o menor sonoridad reclaman al gobierno que no ven avances en la acción gubernamental. Anticipábamos esta situación recién finalizadas las elecciones. Las expectativas eran tan altas, que inevitablemente habría un momento de desaliento por la falta de las respuestas esperadas. Y así sucede, y es natural.

Que si la justicia es lenta, que si los problemas de transporte no se han resuelto, que si hay violencia e inseguridad, que si hay falta de calidad en la provisión de servicios básicos. Todos estos problemas son de vieja data. Este tipo de reclamo no solo parece natural, sino inclusive inevitable. El hecho de que sean problemas de vieja data no significa que sean actuales, sobre todo, para la inmensa mayoría de los ciudadanos y residentes.

Por otro lado, en el área judicial pareciera existir cierta aprobación a que se inicien investigaciones sobre abusos en el ejercicio del poder del gobierno anterior, matizado con naturales demandas de observar en todo momento el debido proceso y respeto a las normas.

Hasta ahí, nada extraño. Sin embargo me luce notorio que parte importante de la sociedad, la más ilustrada, tal vez, no se hace eco de una demanda que surge en las evaluaciones internacionales del país: la significativa pérdida de competitividad, inclusive con reducciones en la calificación en ese apartado. Todo esto, en un entorno cambiante, globalizado e integrador en el que el país que no esté preparado o que no haga los deberes, ineluctablemente se vería superado, absorbido o reducido a una comparsa más en el mundo moderno.

Al contrario. En lugar de exigir, demandar, proponer, que los problemas internos que amenazan la competitividad del país, como son la corrupción, la ineficiencia de la burocracia estatal y la falta de capacidad de la mano de obra nacional, sean frontal y urgentemente atacados, los sectores empresariales o políticos, piden otra cosa. Más gasto público, más gasto en ladrillos, más gasto en obras.

Y se argumenta que el país está en desaceleración. Nada más lejos de la verdad. Pareciera que se acostumbraron a tasas de crecimiento que cualquier persona con sentido común entiende que no son sostenibles, si están sustentadas, no en el ahorro o expansión o captación de nuevos mercados, sino en el uso de impuestos o peor, en el crecimiento de la deuda.

Se olvidan, tal vez en forma deliberada, que la deuda de hoy es obligación mañana. En su momento escuché de funcionarios educados que valía la pena endeudarse más, porque la tasa de interés era baja. Entendieron que la calificación de riesgo, que también contribuye a bajar el costo del dinero, es un reconocimiento de capacidad de pago, no un cheque en blanco para aumentar la deuda.

Entretanto, hay elementos de fondo no atendidos: no es con subsidios a manos abiertas que se logrará la integración de la sociedad. Es con la educación y actualización del capital humano que se logran mejoras a largo plazo. Y este objetivo es compatible con la búsqueda de una sociedad que mantenga su competitividad. Este sería el reclamo que esperaría de la clase empresarial, intelectual y política. Ni más ni menos.

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