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La falacia de una política exterior: Andrés L. Guillén

La acción exterior de un país periférico como Panamá depende de muchos factores, tanto en el ámbito nacional como internacional, que en nuestro caso ha mostrado, cuando menos, una inconsistencia errática en su política exterior, sobre todo, debido a su subordinación a la de Estados Unidos.

Tanto la calidad democrática de Panamá, que determina sus prioridades y valores nacionales, además de su política doméstica, como ese complejo contexto mundial fronteras afuera, contienen los elementos para acometer la tarea de formular los objetivos estratégicos de sus relaciones internacionales.

Esa estrategia en última instancia la determina el Gobierno panameño, si bien históricamente esta fue inducida o impuesta por la potencia dominante de la región (Estados Unidos) en defensa de sus propios intereses geopolíticos y de seguridad nacional.

La ejecución de la nuestra se da a través de diversos ministerios y del sector privado empresarial, aun cuando la diplomacia debe ocupar –junto al servicio consular– un lugar clave como instrumento de acción exterior y catalizador de todas las políticas con proyección exterior.

En este contexto, tenemos una comunidad internacional cada vez más globalizada e integrada técnicamente, con la internacionalización de las economías, pero caracterizada por la incertidumbre, la fragmentación y los profundos cambios estructurales. Esta proliferación de relaciones en un mundo, ya no bipolar, sino apolar en lo político y multipolar en lo económico, caracterizado por la asimetría en la distribución de las riquezas entre regiones y grupos sociales, por un creciente antagonismo religioso, con su secuela de actos terroristas, y por el declive relativode las potencias occidentales, ha cambiado el viejo centro y la antigua periferia, conformando una nueva realidad, sin que por eso Panamá salga de esa categoría de país periférico, en el que prevalecen los intereses de Estados Unidos.

¿Cómo encaja todo esto en la política exterior de Panamá? Elementos teóricos de relaciones internacionales y factores ideológicos del actual gobierno se suman a su posición geográfica para que los académicos y políticos normen una agenda exterior racional, tarea que coordina la Dirección General de Política Exterior del Ministerio de Relaciones Exteriores, que la pone al servicio tanto del “pueblo panameño” como de la comunidad internacional.

Este maridaje entre ambos objetivos la convierten en instrumento de desarrollo inclusivo y sostenible para Panamá y, también, de diálogo, consenso, cooperación, reconocimiento y encuentro en el ámbito internacional. La duda es si con esto se resuelve la tradicional dicotomía entre política doméstica y política exterior.

Otros elementos no descritos arriba afectan y limitan su acción exterior, integrada en esa realidad internacional compleja, por ejemplo, el Canal interoceánico, los acuerdos internacionales que imponen su neutralidad activa (como defensa ante amenazas externas que forman parte de su seguridad integral), su adhesión al Sistema de Integración Centroamericana, los aspectos medioambientales y de gobernanza global, además de la incorporación de actores no gubernamentales, entre otros.

Por esto, bien se podría decir que nuestra política exterior se ha construido sobre una falacia.

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