JUSTICIA

El fantasma: Mario Velásquez Chizmar

Hace décadas nos amenazan con su venida. Se vislumbra como una erupción volcánica inminente. No muestra signos vitales, pero a diario se mienta entre los vivos. Su imagen se proyecta aterradora, los sueños colectivos la invocan, claman su presencia. Silueta escurridiza que se pierde como un espejismo inalcanzable entre las sombras. Curioso espantajo que usan de susto y como disfraz de dobles, ocultos y malintencionados planes. Espectro que arropa enjundiosos dictámenes destinados a cazar incautos y alimentar ilusiones. Herramienta refinada para esculpir obras falsas. El fantasma, el espanto: ¡La justicia! Única quimera ciudadana con que se aguarda en lontananza el cumplimiento aquí del aforismo aquel de “a cada cual lo suyo”, del legado romanista.

Vidas anegadas de tristeza, frustración y amargura vemos cuando nos obligan a recurrir ante la administración de justicia. Su metamorfosis no la ubica entre los coleópteros kafkianos, pero su naturaleza agoniza, víctima de titiriteros y títeres que olvidaron el sitial que a ella dio Platón, como “la más alta virtud social”. La traición de sus verdugos vestidos de juristas, incluye a Sauer, Del Vecchio, Tomás de Aquino, Aristóteles, y muchos otros, grandes en derecho, filosofía o moral, que con rigurosidad científica coincidieron en que “la justicia consiste en una cierta aplicación de la idea de igualdad”. (Lino Rodríguez-Arias). Culpables del aplastante incremento de la sumisión de la justicia a los vaivenes políticos, echaron tierra a la proverbial sentencia de Hans Kelsen: “¿Cuándo un orden es justo? Cuando regula la conducta de los hombres de manera tal que a todos satisface y a todos permite alcanzar la felicidad”. Igualdad, armonía y proporción son palabras huecas en el Órgano Judicial.

Aunque las graves falencias en la justicia datan de años, el nivel de los escándalos y su recurrencia en las más altas esferas del poder judicial, conllevan hoy un hedor que inexorablemente nos conduce a su sepelio. La “reviviscencia” de las campañas sucias es el último ejemplo. Y seguirá así, si los aspirantes al poder político traen escondidos entre sus huestes a expertos engavetando denuncias, archivando expedientes y blindando sinvergüenzas, estafadores y delincuentes. Urge honestidad en esta materia. Su atención no es imán de votos, pero es harto conocido que una administración de justicia frágil, parcializada y corrupta, es un cáncer para la democracia. No es un tema secundario.

Solucionarlo no significa aumentar su poder burocrático. Solo perjuicios traen consigo magistrados con poder ejecutivo. Ahí están las cuestionables experiencias argentina y colombiana, con los famosos consejos de la judicatura. Los cálculos políticos reemplazaron la autoridad de los fallos. ¡No más política en la justicia! Su verdadera reforma no debe dejarse en manos de la Asamblea. Se necesita algo más que una reforma quirúrgica. Sería el más descarado intercambio de favores sin un avance importante. La única opción válida que resta es la constituyente, pero esta solo puede ser liderada, para que tenga éxito, por estadistas, y no por dirigentes electoreros, sin visión de país, cómplices del statu quo. ¿Quién se le mide al fantasma?

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