ESTILO DE GOBIERNO

El mar de fondo de las elecciones en Estados Unidos: John A. Bennett N.

Trágicamente, son demasiadas las personas que votan por aquel candidato que les pueda representar mejores oportunidades personales, y no por aquel que pueda ofrecer más probabilidad de un buen gobierno. Por “buen gobierno” me refiero a aquel que no exagere su función en la sociedad, tanto en exceso como en defecto. Ejemplo de defecto lo tenemos en los agentes de tránsito que nunca están, y cuando sí están, están en donde no deben, haciendo lo que no deben. Y por exceso me refiero a esos gobiernos sobredimensionados que distorsionan por completo su función, afectando la autodeterminación de sus pueblos.

En las elecciones estadounidenses lo que está en juego es, precisamente, lo que señalo en el párrafo anterior, es decir, si el electorado validará el estilo de gobierno exagerado y entrometido del Sr. Obama, o por el contrario, validará un gobierno más esbelto y enfocado en su verdadera misión en la sociedad.

En este sentido, escuchaba a uno de los ejecutivos de una de las mayores empresas estadounidenses quien señalaba que la falta de inversión en el país es el producto de regulaciones desbocadas y cambiantes, al punto de que los jugadores ya ni conocen ni pueden vivir con ellas.

Hay pocas cosas en este mundo que sean más nerviosas que los inversionistas. ¿Quién, en su sano juicio, arriesga sus ahorros en una aventura comercial sometida a normas interventoras y cambiantes? Eso solo lo entienden quienes han sufrido el acoso de malas leyes y un funcionariado ignorante y hostil.

Estados Unidos viene transformando el estilo de gobierno y país que les llevó desde una colonia hasta ser el país más desarrollado y poderoso del planeta. Pero ya Estados Unidos no es la sociedad abierta e inclusiva que antes fue. Los cambios que produjeron la transformación fueron lentos e insidiosos, lo que nos retrotrae a la anécdota de la rana hervida. Hoy Estados Unidos se degenera a ritmo pasmoso hacia el primitivismo de las sociedades cerradas, esas en donde poco o nada se mueve sin la santificación de las deidades políticas de turno.

El desastre económico que viven los principales países del mundo da testimonio de las políticas de intervención que han entorpecido y desarticulado su base industrial y comercial. Frente a ello, los despistados gobernantes, tanto de un lado como del otro, han recurrido a las políticas del “bienestarismo” y de las prebendas, o mal llamados “derechos”. Con ello vieron crecer de manera desorbitante los beneficios al desempleado, beneficios que a menudo son repartidos por los sindicatos laborales a sus huestes. En la última década este vicio igual fue extendido a las grandes empresas fracasadas y vemos a un Obama que se ufana de haber salvado a bancos y otras industrias demasiado grandes para dejar colapsar. El problema es que todavía no hemos visto el último episodio de esa novela.

En fin, los estadounidenses que quieren más de lo mismo votarán por el paternalismo; mientras que los demás votarán en contra de ello.

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