SOCIEDAD

A las futuras primeras damas: July Barrios de Puleio

¡Soy madre y abuela, pero sobre todo soy mujer! Para nosotras, los hijos e hijas son la base de nuestras vidas. Si ellos están bien, nosotras también. Pero, precisamente, por tener esa hermosa cualidad de querer el bien para ellos, así mismo pensamos en los demás, especialmente en los que no han sido bendecidos con padres y madres responsables y amorosos.

Hay miles de niños, niñas y jóvenes que por desdicha no han experimentado el calor de un hogar –en todo el sentido de la palabra– y que, por tal motivo, nunca han escuchado un frase tierna, sentido un abrazo ni recibido una guía que les ayude a ser jóvenes con futuro y, sobre todo, con mucho amor a la humanidad. No lo sintieron ni siquiera en el momento en que llegaron al mundo, porque no fueron concebidos con amor y, lastimosamente, seguirán sin amor por toda su vida. Esto provoca la formación de seres desadaptados, delincuentes o asesinos, que se convierten en cargas insolubles para la sociedad.

Todos nacemos iguales, con la misma capacidad de amar y ser queridos. Cada niño que viene al mundo no es un accidente, es una decisión de Dios. La gran diferencia es que si no reciben amor, educación y si sus progenitores son irresponsables, las cárceles seguirán llenándose de seres que, en lo más profundo de su ser, lo único que querían era ser amados y comprendidos.

¡Las fieras (animales) defienden a sus cachorros hasta la muerte! Por eso, no entiendo todavía cómo una mujer no puede ver a su hijo, a su niño o niña, como un ser que requiere de sus cuidados, de sus caricias... no sé qué clase de mujeres son esas. Tal vez, ellas también fueron tratadas de esta forma, así el ciclo se repite.

A pesar de todo, los seres humanos tenemos un corazón que olvida lo mal que nos trataron. Démosle a ese pequeñito lo que realmente necesita para que algún día sea un hombre íntegro. ¡Es lo único que hará cambiar al mundo!

Este mensaje va dirigido a las futuras primeras damas, para que vean a los demás niños, niñas y jóvenes como a sus propios hijos, y que lo primero que hagan sea dirigir programas que beneficien a esa bella población (desprotegida siempre por nuestros gobiernos). Hay que educar a los padres para evitar el maltrato infantil. Ellos deben saber cómo tratar y acompañar a los menores, en sus años más peligrosos, y convertirlos en seres llenos de amor y en el gran futuro de la humanidad.

Recuerden, ayudar a un niño o un joven depende no solo de la familia, sino de toda la comunidad. ¡Ojalá y Dios las ilumine y piensen en sus hijos para ayudar a otros!

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