RECLAMO ESPAÑOL

El botín del galeón San José: Dicky Reynolds

España, en un alarde de trasnochado imperialismo, arguye como de su propiedad los haberes y tesoros que yacen en el subsuelo marino colombiano, producto del naufragio del galeón San José, que fuera hundido por la flota de la marina inglesa de otrora.

Corría el año 1708, para ser exactos. El navío avituallado en Portobelo iba camino a Cartagena de Indias, donde sería reenviado a sus rebosantes arcas imperiales. Cargado de los despojos ancestrales allí, en una mal llamada feria, en la que se confundían mercaderes que vendían desde especias hasta esclavos raptados de África, sin el menor sonrojo ni remordimiento de tropelías que ahora no reclaman como de su autoría. Ellos prefieren pasar la página en blanco y nos tildan como eternos resentidos por no conmemorar su no amigable arribo.

Los consabidos tributos a la Corona eran el pago de la soberbia y crueldad del conquistador que segó las vidas de Bayano, Urracá, Nomé y todo aquel que se interpuso ante el filo de su espada.

Se les olvida que esas riquezas fueron producto de despojos a lo largo de toda la América, tierras bautizadas por ellos, territorios de los aborígenes.

Este hundimiento simboliza la venganza de Atahualpa por la glotonería de Pizarro, quien pretendía quedarse con todo el oro del imperio inca. Los originarios, como maldición, expresaron que ese oro sería el metal que cegaría a los conquistadores, como un conjuro premonitorio de su declive y decadencia posterior, y por los desmanes de Cortez, quien también diezmó a los aztecas, en el norte.

¿Con qué cara reclaman el botín que nos fuera hurtado, que ahora es etiquetado como el mayor tesoro del mundo, pero que no salda ni siquiera una cuota de la sangre de los indígenas y negros que fueron víctimas de esa aventura colonial de hace más de cinco siglos? Este oro, plata y perlas lo parió esta tierra, y de manera dolorosa.

Ahora nos vienen con intrincadas leguleyadas de que aquel galeón era de la marina de guerra española y, por ende, sus frutos no pueden ser adjudicados a ninguna otra nación o entidad, para tratar de reivindicarlos.

¿Por qué no reclaman para sí los miles o millones de muertos que causó su búsqueda de El Dorado, como si aquello fuera producto de su honrado trabajo?

En su único legado, que fue el idioma que heredamos, les hacemos sabedores de esta máxima o epitafio histórico: “El que la hace la paga”.

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