IDIOSINCRACIA

Entre gallegos te veas…: Daniel R. Pichel

Siendo Domingo de Carnaval, y no estando nadie de ánimo para cosas demasiado complicadas, voy a desempolvar algo que hace mucho anda dando vueltas en el disco duro de mi computadora, esperando su momento para salir de paseo. Así que aprovecharé para tratar de echar por tierra (o por lo menos aportar a la discusión) sobre la mala fama que le han endilgado a los gallegos y su descendencia.

Para comenzar, aclaro que me circula sangre gallega por los cuatro costados. Aunque nací en Panamá, y siempre me he sentido tan panameño como las carimañolas, mis cuatro abuelos y mi padre nacieron en esa hermosa región del norte español. Por eso, no puedo evitar que los tradicionales chistes en los que hacen ver a mis medio paisanos como la gente más bruta del mundo, aunque puede que me hagan reír, me generan cierta incomodidad que sospecho natural en cualquiera por cuyas venas fluya sangre y no horchata. Aunque nunca he llegado al extremo de quienes se levantan de la mesa en la que se cuentan “chistes de gallegos” por considerarlo una falta de respeto.

Por esta propensión a considerarnos muy brutos, me he dado a la tarea de investigar un poco de dónde proviene esta costumbre, porque en España no se usa el gentilicio “gallego” como una expresión peyorativa. De hecho, en libros y textos españoles que analizan la idiosincracia de los habitantes de cada región (o comunidades autonómicas, como le llaman ahora los “políticamente correctos” o “naciones” como prefieren llamarle los catalanes independentistas), el gallego se identifica como un tipo trabajador, poco comunicativo y calculador, así como el aragonés se considera terco, el andaluz simpático y parrandero, el vasco exagerado y el catalán tacaño.

Aparentemente, la costumbre surge de Argentina a principios del siglo XX, donde se llamaba “gallego” a todo aquel que provenía de España. Tal vez porque el grupo de emigrantes de Galicia fue el más numeroso en Argentina. Igualmente, uruguayos y chilenos suelen usar el término indistintamente para identificar a todo aquel que habla con la ce y la zeta muy marcadas. Esta costumbre permea a otros países de la región, aunque de forma menos evidente. En Panamá hubo un conocido locutor radial en la década de 1970 que era conocido como “el gallego Miranda”, aunque en realidad había nacido en Asturias. Otro que sin nacer en Galicia demostró su cariño por aquella hermosa región fue Julio Iglesias, quien, aprovechando de paso para vender muchos discos, le dedicó entre morriña y saudade (nostalgia y tristeza) su canción Un canto a Galicia, a la que definía como la terra do seu pai (tierra de su padre).

Mientras, en muchos países se cuentan exactamente los mismos chistes de “brutos” sin que sea vinculado a los gallegos. Así, en Colombia se habla de los “pastusos”, en España de “los de Lepe” (un pequeño pueblo en Huelva, cerca de Portugal), en Estados Unidos se cuentan de las rubias (los blonde jokes), en el Reino Unido son los irlandeses, en el centro de Europa los polacos, y en México los yucatecos. O sea que lo de los gallegos no es más que una costumbre regional que no parece tener nada que ver con la verdadera capacidad intelectual de los habitantes de aquella región.

Aun así, siempre me he preguntado por qué en Argentina se desarrolló esa tendencia a considerar “brutos” a los españoles (que, como dijimos, ellos llaman gallegos). La razón es aparentemente social. En la década de 1920 hubo gran migración española hacia América en general y hacia Argentina en particular. Estas personas, con muy escasa formación académica y menos roce social, se dedicaron a trabajar en el comercio, muchas veces de forma ambulante, logrando ganar dinero (y haciendo grandes fortunas algunos de ellos). Esto les permitió codearse con la “alta sociedad” asistiendo a clubes sociales, banquetes y eventos exclusivos. En ese contexto, los “gallegos”, por no conocer de protocolo y propiedad social, tenían tendencia a ser imprudentes, a no comportarse con corrección en la mesa, a hablar en voz muy alta (lo que aún se mantiene) y a hacer comentarios que podían parecer impertinentes o “fuera de lugar”. Por eso se generalizó la costumbre de que, al tratar a alguien como “bruto”, se le llamaba gallego. De allí el uso del gentilicio como una identificación particular a la hora de hacer chistes.

Dicho todo esto, espero haber aclarado, al menos un poco, que en realidad los gallegos y sus descendientes no somos tan brutos como nos pintan. Y que cuando cuenten un chiste de alguien muy, pero muy bruto, mejor se use de ejemplo a algún político. Porque en cuanto a esos, casi todos estamos de acuerdo... @drpichel

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