MARGINACIÓN

La globalización de la indiferencia: Griselda López

Un día llegó a clases con un mechón morado y otro con un anillo en la nariz. Callado y taciturno era la clásica figura gótica. Algunos profesores no lo querían admitir en sus clases. Al final del semestre fue el estudiante con mejores notas. Dejé de verlo un tiempo y luego me lo encontré con una figura irreconocible, saco y corbata, convertido en exitoso empresario de comunicaciones.

El otro que lanzaba piedras a la policía, por suerte con mala puntería, creía que debía combatir a los corruptos. Resultó ser el que mayor índice tenía en su facultad. Sigma lambda, prestigiosa palabra. Siempre estuvo al borde de la expulsión. Ellas, un día fueron conducidas en una patrulla, empujadas de mala manera por las manos ligeras de los policías, los flashes estaban allí, y como no debían tomarles los rostros por su edad, camarógrafos y fotógrafos enfocaban el trasero. Al día siguiente, primera plana. El delito, participar en una fiesta no programada. Otros por delitos parecidos o menores han sido expulsados, estereotipados, señalados, etiquetados (institutor, mala palabra, parece hoy en día), pandillero, la más común y benévola. El coro de los adultos probos va in crescendo, en vez de erradicar la pobreza y mejorar la educación, como lo exigen los Objetivos de Desarrollo del Milenio, solicita aumentar la pena a los menores y llenar las hacinadas cárceles en donde la esperanza muere. Menores embarazadas: ¿para qué impartir educación sexual? Hay que sacarlas rápido del sistema porque dan mal ejemplo. Las escuelas estaban allí primero y luego fueron cercadas por los centros comerciales y torres de vidrio, pero sus ocupantes piensan que les deteriora su calidad de vida. Hay que trasladarlas a algún lugar remoto donde sus risas y gritos no se escuchen. Además la tierra vale más, mucho más.

Y así niños y niñas, adolescentes y jóvenes, antes de su mayoría de edad se encuentran con la incomprensión y la cero tolerancia de los adultos. En esta sociedad no hay oportunidad para ellos, porque algo se apagó; la empatía, esa cualidad humana que nos hace ser nobles y que aporta al desarrollo individual, social y colectivo. No damos oportunidad, ni cedemos. Somos inflexibles. Queremos volver, románticamente, a la época de nuestros padres. Aplicamos sanciones duras e irrevocables, en una época en que la televisión no enseña a hacer cosas atrevidas, audaces, provocadoras, (¿autorregulación?) el 80% de los programas nos enseña con lujo de detalles cómo vengarnos, cuál es la mejor manera de matar, cómo asesinar al que me miró mal y el popular Youtube nos informa que más de 10 millones de personas vieron a Miley Cirus en poses lascivas y provocadoras. Eso es lo que está de moda, eso es lo que la gente ve. Eso es lo que vende, así como le vendemos a los varones que su porvenir está en el fútbol.

No podemos usar el látigo fustigante, y el dedo acusador, sin dejar de analizar lo que no hacemos por ellos y lo que les estamos ofreciendo. Dejemos la intolerancia a un lado. Tiene que haber una mirada nueva, empática, solidaria, especial. Estamos construyendo una sociedad que prolonga al infinito sus carencias y errores, y sobre todo margina, excluye, olvida. Somos los adultos los que tenemos que darles la oportunidad y no cerrarles de manera implacable el paso.

En las escaramuzas, en las protestas, en la delincuencia, en la violencia hay un asunto muy serio que debe preocuparnos. Hay un mar profundo y oscuro. Hay algo heredado. Es la sumatoria de una sociedad errática que ha venido dando tumbos en la educación, en el trabajo, en la democracia, en la convivencia, realizando experimentos incoherentes, proporcionando malos ejemplos desde las diversas esferas tanto civiles como gubernamentales (a las que nunca se les sanciona), alimentando la corrupción y el juega vivo. Es una sociedad que aleja la esperanza y la oportunidad para aquellos que menos recursos tienen, y cuando se salen del camino, reciben solo la incomprensión, la indiferencia, el aislamiento y el castigo. La niñez y la juventud, nos espera. Construyamos otra forma de atenderla, de verla y de amarla. No seamos indiferentes e inflexibles ante sus problemas. El papa Francisco, nos recuerda que la ilusión por lo insignificante, por lo provisional, nos lleva a la indiferencia hacia los otros, nos lleva a la globalización de la indiferencia.

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