PROMESAS

¿Un gobierno de cambios?: Gil Moreno

Hace apenas seis años Ricardo Martinelli prácticamente no tenía partido, lo que sí tenía era una tolda electorera. Sus consignas, “El Gobierno del cambio”, “Ahora le toca al pueblo”, “Entran limpios y salen millonarios” y “Los locos somos más”, electrizaron a las multitudes que se dejaron cautivar por esa propaganda engañosa, y lo llevaron al poder sin tomarse la molestia de investigar quién era realmente este político que prometía “cambios verdaderos” para el pueblo.

Muchos pensaron que él haría un gobierno diferente y que las cosas cambiarían. Pero, ¿qué hizo Matinelli una vez llegó al poder? Empezó a copiar las mismas prácticas de sus antecesores y comenzó a repartir (como si fuera un botín) posiciones, contratos, contratitos, prebendas y toda clase de privilegios y canonjías a sus allegados y a los que lo llevaron al poder, como si ellos fueran los dueños de la nación.

Muchos recordarán que en el gobierno de Ernesto Pérez Balladares, Martinelli fue nombrado director de la Caja de Seguro Social, y demostró lo que siempre ha sido: un hombre conflictivo y obcecado, que en esa posición tuvo grandes enfrentamientos con los médicos, por eso lo sacaron.

Esto me recuerda la reciente huelga de los médicos, en la que vimos cómo un Martinelli revanchista se empecinó en traer a especialistas del extranjero, cuando nuestros hospitales y centros de salud carecen de los servicios e instrumentos de medición más elementales.

Durante la pasada campaña electoral, sus adversarios lo calificaron de loco, pero él no se considera loco. Dicen los psicólogos que las personas que padecen de este mal no se dan cuenta de su estado. Yo digo que algún padecimiento tiene que tener cuando afirma cosas como que: en su gobierno todo se maneja con absoluta transparencia; que el país vive en una perfecta democracia; que él no manda en la Asamblea; que en su gobierno hay una verdadera separación de los poderes; que algunos medios informativos lo calumnian, y que ha hecho en 4 años lo que otros no hicieron en 40.

Pero se olvida de que mientras él realiza obras costosísimas, al mismo tiempo desoye el clamor de las clases más necesitadas. No atiende las necesidades más apremiantes como el alarmante problema del agua, de la basura en la capital del país y en Colón, y se olvida de resolver el problema habitacional que afecta a miles de panameños que ocupan barracas, viejos caserones y viven en condiciones de pobreza extrema. Se olvida de atender el alto costo de la vida, que se agudizó durante este gobierno por la falta de controles y porque no se le pone límite a la especulación de algunos comerciantes que encarecen la comida más de lo debido.

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