DEGRADACIÓN MORAL

Tenemos los gobiernos que merecemos: Ramón A. Mendoza C.

Comentar sobre corrupción, inmoralidad, desafueros e injusticia que perlan a nuestros gobiernos y gobernantes se ha convertido en una cacofonía que se pierde como eco en la conciencia de la mayoría de la población panameña, en especial de los más necesitados, cuyas limitaciones y angustias son los resortes que la clase política utiliza cada cinco años para lograr poder político y económico.

Diariamente los medios dan cuenta, como si fueran capítulos de una sórdida novela, de manipulaciones judiciales, malversación de fondos, incapacidad, mediocridad e irregularidades administrativas y tantos otros males, cuyos actores cobran atención momentánea para luego desaparecer en el olvido o simplemente solapados por decisiones judiciales tan cuestionables como sus creadores. Pero la gran masa permanece inerte, pareciera no estar viva, no respira ni sabe que existe, ignora que es la fuente de ese poder que genera riquezas para pocos y la pobreza que sufren muchos. Es difícil establecer de dónde proviene esa indolencia social, que pareciera una tara que ha condenado a las mayorías a resignarse a perder su dignidad, al grado de que los políticos la valoran en base a la cantidad de bloques, hojas de zinc o sacos de comida que truecan durante las elecciones por el voto salvador, lo que realmente es una burda compra de conciencia.

Aunque se dice que Panamá es “un país rico”, realmente nada en la pobreza social. La gran población panameña, esa que carece de educación adecuada, huérfana de valores, cuya juventud es presa de pandillas y del narcotráfico, que aprendió a vivir sin agua ni electricidad, que no disfruta de un servicio de salud y social cónsono con la “riqueza” del país, que gasta el salario antes de cobrarlo y empeña cuanto ingenio puede para gastar en los carnavales; durante generaciones ha sufrido un proceso de degradación moral, perdiendo su dignidad y sumiéndose en una crisis existencial donde la persona ha perdido valor en cuanto es objeto de un clientelismo que ha reducido la autoestima colectiva al mínimo. Para el político, el votante a final de cuentas no es nadie ni nada. Por esa razón es necesario, para los políticos oportunistas, mantener ese caldo de cultivo, rico en ignorancia, pobreza y desgracias, porque dominan el arte de comerciar con la miseria material y espiritual de sus votantes.

De esta forma, el votante no puede escoger, por no tener las medidas culturales, éticas y morales necesarias, a gobernantes, por lo menos, medianamente aceptables. Esto explica por qué son reelegidos una y otra vez oscuros sujetos cuya única y especial habilidad es saber obtener ventajas de las necesidades de sus votantes. De una sociedad inculta, veleidosa, permisiva y carente de valores no podemos esperar un criterio valorativo moral ni racional, actuará por instinto ante el estímulo del perentorio beneficio de una dádiva antes o después de las elecciones. El producto de este deterioro social es: nuestra clase gobernante. La gran masa ni se espabila ante el grave daño material y político que sufre el país. No entiende ni le importa que aquellos que escoge cada cinco años debieran tener, por lo menos, un peso mínimo de honestidad, conocimiento y responsabilidad.

A final de cuentas terminamos teniendo los gobiernos que nos merecemos.

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