POLÍTICA DEL MIEDO

El gran hermano...: Evans A. Loo R.

Concluida la Segunda Guerra Mundial, las potencias que participaron en el conflicto decidieron dividirse no solo lo que quedó de Europa, sino ciertas regiones del mundo. Estados Unidos, por ejemplo, se arrogó el control de América Latina y para ello –siguiendo el ejemplo de Alejandro Magno– propició gobiernos que fueran afectos a los intereses norteamericanos, sin considerar siquiera si estos respetaban los derechos humanos o si sus regímenes en alguna forma se podrían identificar con la democracia.

En Haití, por ejemplo, tuvimos un François Duvalier (Papa Doc), en República Dominicana a Rafael Leónidas Trujillo, en Cuba a Fulgencio Batista, en Nicaragua a Anastasio Somoza, en Argentina a Jorge Rafael Videla, en Chile a Augusto Pinochet, en Paraguay a Alfredo Stroessner, en Bolivia a Hugo Bánzer, en Panamá a Omar Torrijos, en Colombia a Rojas Pinilla, y en Venezuela a Pérez Jiménez. De esta manera, el continente se plagó de dictadores, producto de golpes de Estado militares que fueron aupados y apoyados por el gran hermano del Norte; la única justificación fue no darle paso al comunismo o cualquier cosa que se le asemejara.

Así surgieron líderes totalitarios que se caracterizaron por infundir una política de miedo y de extremada reverencia hacia sus personas, educando a la población a través de una propaganda gubernamental intensiva en valores colectivistas, en la que pensar individualmente era visto como una traición a la sociedad. Sujetos que en nada se diferenciaron del personaje denominado “el gran hermano” (big brother) de George Orwell en su novela 1984.

No cabe duda de que Orwell se inspiró en el autoritarismo de sujetos como Stalin, Hitler o Mussolini, pero nunca se imaginó que tales ejemplos atravesarían el Atlántico y que décadas después los encontraríamos en América Latina, con el advenimiento de gobernantes que aplicaban los mismos métodos del Partido Ingsoc (orwelliano), es decir, vigilar excesivamente a los ciudadanos, o en personas u organizaciones que ejercen un control excesivo, peligroso o invasivo de la intimidad, sin que exista ninguna sanción por ello.

Se denuncia que América Latina está plagada de dictaduras civiles, y que en cada una de ellas “el gran hermano” ejerce el mando. La frase “el gran hermano te vigila” ha adquirido mayor vigencia hoy en día, gracias a que la tecnología, los videos, fotos, grabaciones y otras formas invasivas de la privacidad están a la orden del día.

Se crean sociedades policiales, en donde el Estado ha conseguido el control total sobre el individuo. Cada día vemos como, poco a poco, no existe siquiera un resquicio para la intimidad personal; las emociones dentro de poco estarán prohibidas, no se podrá protestar sin ser perseguido, acusado o investigado; la adoración al sistema o al mandatario será condición esencial para seguir vivo.

La policía del pensamiento orwelliana, antes conocida como G-2 –hoy día no sabemos bajo qué denominación llamarla–, se encargará de perseguir hasta el fin a los “conspiradores”, aunque para ello sea necesario acusar a inocentes. Delatores, “sapos” y chivatos están a la orden del día en cafeterías, restaurantes y sitios de reunión. Todo lo que se comenta llega a los oídos del “gran hermano”. ¿Para eso se le permitió, e incluso, se le toleró a los gringos que hicieran una invasión?

Si observamos con detenimiento la conducta de algunos mandatarios, veremos que se han arrogado para sí las tres consignas del partido orwelliano: la guerra es la paz: cuando hay paz, debe buscarse una guerra; la libertad debe ser la esclavitud: no solo en plano personal sino en el económico, y la ignorancia es la fuerza: porque solo a un pueblo ignorante se le puede someter a sus estados de capricho, no de derecho.

También notamos que los mandatarios ejercen la facultad de “doblepensar” orwelliana. “Doblepensar” significa –dice el gran hermano y su partido– la facultad de sostener dos opiniones contradictorias, simultáneamente; dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente. Porque solo mediante la reconciliación de las contradicciones es posible retener el mando indefinidamente. No es que mientan cuando prometen, sencillamente “doblepiensan”, dicen una cosa y hacen lo contrario.

Sin quererlo, Orwell en 1984, profetizó el destino de nuestra América Latina desde 1944, cuando atribuye, tanto al partido como al gran hermano esta frase: “Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando el rostro humano... incesantemente”. ¿Hasta cuándo soportaremos lo pueblos a los nuevos “grandes hermanos”, que nos han surgido por doquier? ¿Tendremos la valentía de oponernos y el coraje para vencerlos y derrocarlos? Esas son preguntas que ya están empezando a ser respondidas por algunos pueblos del Norte de África... ¿despertaremos algún día?

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