PRÁCTICAS POLÍTICAS

El hábito del desastre: Mario Velásquez Chizmar

No solo ríos contaminados constituyen nuestro activo, sino caudalosos ríos de dinero y de pobreza. Es muy cierto que la economía panameña crece sorprendentemente. Que este país ha avanzado mucho en los últimos 20 años y que buena cantidad de familias han mejorado sus ingresos y su calidad de vida. Que muchos ricos han multiplicado su fortuna. Que corre mucho dinero y las megainversiones están a la orden del día. También es cierto que la pobreza es grande y que muchos compatriotas, niños y ancianos, entre ellos, no comen lo mínimo que merece un ser humano en un país con grado de inversión. Mientras tanto, los precios suben, la vida se encarece, la felicidad huye, la institucionalidad es bombardeada, la deuda pública se agiganta, los sueños sucumben a la utopía, la inseguridad ciudadana nos atropella, la libertad se enjaula y la justicia se pudre.

No se trata de un proceso natural. Los timoneles de la cosa pública, los económicamente poderosos y la oposición organizada, son los responsables. Unos más que otros. Los habitantes de este país no conceden los derechos exclusivos solo a uno. Predomina en dichos círculos, la idea de que el desarrollo requiere medidas de impacto que acentúen la desigualdad, con el objetivo de generar riqueza que, sin importar costo ni tiempo, permita algún día mayor equidad repartiendo beneficios. Pero la realidad es la opuesta. La desigualdad, también, crece y las diferencias sociales nos aferran a vergonzosas categorías de subdesarrollo. Esto es peor cuando, como ocurre hoy, el Gobierno está guiado por esos empresarios que prefieren una situación convulsionada como medio para crecer y salir más poderosos, que un ambiente de crecimiento generalizado que permita a toda la sociedad disfrutar del siglo XXI.

Los escándalos en la oposición, también, contribuyen al desastre. Cierto que los trapos sucios se lavan en casa, pero si no limpias tu casa, se te cae encima. Si pretendemos inclinar el voto a nuestro favor en 2014, los perredistas necesitamos desprendernos de esas prácticas políticas que solo alcanzan a profundizar desigualdades y facilitar que los portadores de cédulas de identidad personal sean tratados como cosas. Y esto es lo único que hay en las ofertas de aquellos aspirantes contaminados del pasado de acuerdos de recámaras, compromisos personales y maquiavélicas conspiraciones, que al exhibir capacidad, responden mostrando la dimensión de su chequera o las inciertas cifras del ancestral clientelismo. Si alguno de estos se impone en las primarias, se repetirá el desenlace de 2009.

La unidad no llega por el tono del llamado, ni por cuñas publicitarias engañosas. Quien más vocifera por la necesaria unidad, fomentando irregularidades, espectáculos y malos hábitos, en realidad solo busca la sumisión a su voluntad. El PRD no puede permitir que lo usen para ampliar la magnitud del desastre. Suavizar el daño, ocultándolo con trasnochados discursos de constitucionalidad, solo facilita que el encantador de serpientes continúe su tarea adormecedora. Sigue estirando la economía y mutilando nuestra coraza institucional. ¡Persiste el desastre!

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