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POBREZA Y DESIGUALDAD

´Tengo hambre´: Amarilis A. Montero G.

Comen guineo frito o parajitos secos con arroz. Carecen de agua potable, electricidad, carreteras y servicios de salud adecuados. Los niños caminan horas para asistir a una escuela multigrado con la esperanza de salir de la amarga realidad que los rodea. En Ñurún, comarca Ngäbe-Buglé, el 95% de los habitantes es pobre. Aunque parezca increíble, esta es la realidad de los panameños que viven en esa comarca y, por eso, la mayoría come una vez al día.

Esto es lo que me quedó del reportaje “Pobreza y desigualdad, la otra cara del Panamá que progresa”, producido por la unidad investigativa de TVN Noticias y que impactó la conciencia ciudadana. Es una imagen muy distinta de aquella que ven los turistas, quienes se maravillan con la modernidad y los grandes edificios de la bahía y alrededores. No es el Panamá de los centros comerciales de lujo y del moderno Metro, es un país con una población pobre y necesitada, que no ve cómo las grandes inversiones repercuten en su vivir. Los sectores marginados afrontan necesidades y tienen mucha hambre. Es posible que se piense que esto solo ocurre en las remotas montañas del país, pero es real tanto en los alejados parajes como cerca de la capital y las cabeceras de provincias. La pobreza en su máxima expresión se ve en los comedores comunitarios, en la labor de Nutre Hogar y en los centros de salud sin electricidad. Se refleja en los niños que caminan horas, sin zapatos, para recibir el desayuno y asegurarse, al menos, una comida al día.

La precaria condición socioeconómica de moradores de las zonas rurales, indígenas o urbanas debería ser la mayor preocupación de un gobierno responsable con sus electores. Sin embargo, estas mismas personas sirven de plataforma política para recibir subsidios o donaciones con rostro político y consigna electoral. Tal parece que la pobreza da ganancias para quien se aprovecha del dolor humano. La Red de Oportunidades, 100 a los 70, la Beca Universal y las partidas para regalar jamones en Navidad son solo paliativos. Entre los más pobres aumenta la violencia, la deserción escolar, las muertes prematuras y la criminalidad, ante la ausencia de políticas de Estado para el desarrollo humano. Mientras, somos el objetivo de la inversión externa que nos arrincona y nos hacer ser ¡extranjeros en nuestro propio país!

El reportaje me hizo pensar en ese país del “primer mundo” que algunos piensan que tenemos, sin embargo, no hay infraestructura que valga si no se invierte en el capital humano. Los habitantes de las áreas apartadas sobreviven con entre $20 y $60 al mes, mientras que en la capital se gastan $2 mil millones en el Metro y muchos otros millones más en las “zonas pagas” del Metro Bus que son ineficientes. Hay demasiadas contradicciones en esta sociedad y “espejismo” económico. Se debe volver a invertir en el agro, formación educativa dentro y fuera del aula, convivencia pacífica y respeto. Para eso tenemos que saciar el hambre de credibilidad, justicia y confianza en las instituciones. Queremos progreso con perspectiva humana, ambiental y justa. Si no vemos más allá del cemento, seguiremos sin rumbo, viviendo el momento político, pero bajo la sombra del hambre entre nosotros.

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