EL MALCONTENTO.

Del hambre a la invisibilidad

Panamá vive hoy el impacto de la noticia. Los niños indígenas se mueren de hambre y los que vivimos en las ciudades al leerlo en el periódico nos rasgamos las vestiduras, pedimos reacción del Gobierno, imploramos por soluciones al drama de la pobreza.

Unicef asegura que falta una política efectiva de seguridad alimentaria. Es probable. Pero reducir estas muertes a un problema de alimentación es como echarle a la culpa de las intoxicaciones con dietilene glycol a las víctimas porque se enfermaron antes y necesitaron de un remedio.

Estas muertes visibilizan lo invisible. Vivimos de espaldas a la mayoría de los fenómenos y dramas de nuestra sociedad. La ética neoliberal del individualismo ciñe el fin del universo a la puerta de la casa o a la cerca de la finca. Lo que ocurre fuera de ese entorno sacrosanto solo nos importa cuando nos toca directamente.

Los niños indígenas muertos nos afectan porque nos ponen un espejo que muestra cuán despiadado es nuestro sistema y cuán ineficientes las soluciones planteadas por nuestros gobiernos e, incluso, por los organismos internacionales.

Para que estas muertes se hayan producido –cotidianas, solo asustan a quien no conoce el país- han tenido que conjugarse varios fenómenos. El primero es el de la invisibilidad. Quien no existe, no puede reclamar derechos, apenas sobrevive en un limbo en el que se le permite respirar sin proporcionarle nada más que un trozo de tierra y un cielo para mirar.

Muchos de los indígenas panameños –como los de toda América Latina– no existen. Como tampoco existen muchos campesinos, comunidades enteras de afroantillanos, barrios completos de la capital o excluidos con harapos que transitan como fantasmas mendigando pan y miradas.

El sistema necesita de estos seres invisibles para justificar proyectos multimillonarios inútiles –¿alguien ha evaluado el desastroso proyecto de Darién?– y cumbres donde repartir las migajas de la prosperidad.

Los ricos, los nuevos ricos y los medio ricos que está generando el boom económico del país necesitan de invisibles para poder cumplir con sus compromisos de la llamada responsabilidad social corporativa y poner el sello del pacto global en sus memorias anuales.

La clase media necesita de los invisibles para confirmar que su comodidad a medias y sus penurias diarias para mantener su ¿calidad? de vida están justificadas –"si no me matara trabajando mis hijos podrían morir de hambre".

Hablo de invisibilidad y no de exclusión, porque este segundo término daría por hecho que alguna vez estuvieron dentro o que alguna vez podrán estarlo. No creo. Son incorporados a la sociedad y a los beneficios de ésta pequeños contingentes de invisibles para demostrar que nuestra bondad existe y que damos oportunidades. Pero la verdad, la única verdad es que los niños muertos de hambre, aun si estuvieran vivos, no habrían tenido la más mínima posibilidad de prosperar. Nacieron condenados a reproducir la pobreza de sus padres. Y por su culpa (entiéndase el gesto cínico de mi rostro al escribir).

El segundo fenómeno interesante es el de la culpabilización del excluido y del invisible. Es decir, la víctima se convierte en el victimario por obra y gracia de las teorías del capitalismo más feroz. Mis compañeros de páginas de opinión de la Fundación Libertad o los que siempre pontifican sobre enseñar a pescar en lugar de regalar pescado suelen defender que la gente no prospera por dos razones: o porque no quiere –en el caso de los indígenas porque están anclados a cierto privitivismo– o porque el Estado no les deja. Según los teólogos del capital, si el mercado fuera más libre, si hubiera menos normas y menos regulación estatal, los pobres serían menos pobres.

En realidad, ya está demostrado que no es así. Las reducciones fiscales, la desregulación laboral, la liberalización de mercados y la apertura de fronteras solo ha enriquecido a los que ya tienen capacidad de hacerlo, ha metido más presión sobre una clase media estrangulada –de la que salen expulsadas miles de familias hacia abajo y algunas decenas hacia arriba–, y ha engrosado la fila de los pobres.

De este modo, al insistir en que el que se esfuerza, trabaja duro y suda puede prosperar convertimos a la víctima en victimario: "es pobre porque quiere".

No voy a seguir describiendo los fenómenos que matan a un niño de hambre porque quiero conservar mi estabilidad mental, pero sí estaré muy atento a la reacción oficial.

Lo normal (quizá ya haya ocurrido cuando se publique este texto) es que el Gobierno –"extremadamente preocupado"– envíe una misión interministerial a la zona para estudiar los sucesos y, si seguimos el patrón M, se creará una comisión de estado sobre seguridad alimentaria que deberá dar resultados concretos en tres meses.

Ya puedo escuchar al presidente a través de Radio Nacional: "Al finalizar mi Gobierno, habré dejado un sistema de seguridad alimentaria que garantice a cada ciudadano de Panamá la calidad de vida que se merece y bla bla bla…".

Nuevos planes para tapar los fracasos anteriores (como el triste bono alimenticio) y nuevos argumentos para los amantes del estado raquítico.

El autor es periodista

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

21 Jun 2017

Primer premio

4 1 8 3

CBBB

Serie: 20 Folio: 9

2o premio

3006

3er premio

0364

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código