MODO DE VIDA

Ser honesto y parecerlo: Edgardo Lasso Valdés

Hay un dicho antiguo que dice: “La mujer del César no solo deber ser honesta, sino parecerlo”. Algunas personas por pereza, otras por ignorancia, suelen utilizar este dicho en sus comentarios, pero con un pequeño cambio que le da un significado risible al verdadero sentido; ellos repiten, con cara de sapiencia, “La mujer del César no solo debe serlo sino, parecerlo”.

Una cosa es “ser honesta y parecerlo” y otra muy distinta es ser “la mujer del César y parecerlo”. Independientemente de cómo lo citen algunos perezosos o ignorantes, su verdadero sentido y gran profundidad es que los honestos no solo deben serlo, sino parecerlo.

Si usted vive de sus ingresos legales y estos no son muy altos, usted no se puede dar el lujo de aparentar un nivel de vida que sus emolumentos no le permitan, porque la única conclusión que las apariencias indican es que usted está recibiendo ingresos que no puede justificar y, por lo tanto, es un deshonesto.

La persona que es honesta, por convencimiento, lo practica y demuestra en todos los actos públicos y privados de su vida, pues es consciente de que debe dejar constancia de su honorabilidad, libre de la menor duda. Si usted es un político honesto, no se puede dar el lujo de ofrecer cosas o acciones que no esté seguro de poder cumplir, de lo contrario será un deshonesto más.

No solo el que hace un mal uso de los fondos públicos o privados es un deshonesto, también lo es –y en mayor grado– quien hace promesas que no piensa cumplir; el que abusa de la ignorancia del prójimo para no entregarle lo que legalmente le corresponde, y quien hace mal uso de los dineros confiados a él, tratando de justificar las pérdidas con explicaciones sin fundamento legal.

Ser honesto es un sistema de vida irrenunciable, que tiene que practicarse permanentemente en todos y cada uno de los actos de la vida de quien tiene la dicha y la virtud de ser honorable de verdad, por convencimiento.

Cuán distinto sería el mundo moderno si todos, gobernantes y gobernados, fueran honestos practicantes de la virtud de ser honorables.

Ojalá, al menos en nuestro querido Panamá, todos los que convivimos aquí pongamos en práctica el dicho: “La mujer del César no solo debe ser honesta, sino parecerlo”.

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