CULTURA

Para honrar a los escritores: Por Enrique Jaramillo Levi

Cada 25 de abril, en el natalicio de Rogelio Sinán (1902-1994), patriarca de nuestras letras, se celebra el “Día de la escritora y el escritor panameños”, fecha cuya intención evidente es honrar el trabajo de quienes, en el pasado, el presente y el futuro, ejercemos o lleguemos a ejercer responsablemente la creación literaria como una forma de expresión artística y humana.

Fue la Ley 14, de 7 de febrero de 2001, en el gobierno de Mireya Moscoso, la que consagró esta fecha, a solicitud de la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP) que, a su vez, acogió y perfeccionó una vieja iniciativa de quien esto escribe, propuesta repetidamente en la revista cultural Maga desde 1991.

Con el apoyo de la poeta y entonces legisladora Gloria Young, y el respaldo del Instituto Nacional de Cultura, en esa época dirigido por el escritor Rafael Ruiloba, así como con la solidaridad de otros muchos cuentistas, novelistas, poetas y ensayistas, el entonces anteproyecto de ley auspiciado decididamente por la UTP y presentado en la Oficina de Participación Ciudadana de la Asamblea Legislativa –que así se llamaba entonces– fue sometido a los tres debates reglamentarios y ratificado por el Ejecutivo.

Dicha ley nace casada con la creación de la condecoración “Rogelio Sinán”, que el Gobierno Nacional otorga cada dos años, por la excelencia en la obra literaria de toda una vida, a un escritor panameño particularmente meritorio; este tributo consta de $10,000 que el Estado concede al ganador, seleccionado por nueve entidades culturales del país.

Al celebrarse una vez más esta fecha, recordamos a nuestros grandes poetas; todos dieron voz a la identidad nacional y expresaron de una forma u otra los avatares de la experiencia humana, algunos en el siglo XIX, otros en el siglo XX. La enumeración de nombres que sigue es mucho más que eso, es un homenaje: Manuel José Pérez, Federico Escobar, Rodolfo Caicedo, Gil Colunje, Tomás Martín Feuillet, Amelia Denis de Icaza, León A. Soto, Gaspar Octavio Hernández, Ricardo Miró, Demetrio Herrera Sevillano, María Olimpia de Obaldía, Diana Morán, Demetrio Korsi, Stella Sierra, Rogelio Sinán, Elsie Alvarado de Ricord, Ricardo J. Bermúdez, Tobías Díaz Blaitry, Eduardo Ritter Aislán, José de Jesús Martínez, Mireya Hernández, Ramón Oviero y algunos más ya fallecidos, quienes crearon versos de profunda humanidad y patriotismo.

Después vendrían otros importantes poetas como José Franco, Álvaro Menéndez Franco, Tristán Solarte, Sydia Candanedo de Zúñiga, Demetrio J. Fábrega, José Guillermo Ros-Zanet, Roberto Luzcando, Pedro Rivera, Bertalicia Peralta, Dimas Lidio Pitty, Jarl Ricardo Babot, Moisés Pascual, Manuel Orestes Nieto, Porfirio Salazar, Pablo Menacho, Héctor Collado, Salvador Medina Barahona, Javier Alvarado y algunos más.

Entre los narradores –cuentistas y novelistas– el número es aun mayor; menciono solo a algunos: Darío Herrera, Salomón Ponce Aguilera, César Candanedo, Renato Ozores, Rogelio Sinán, Ramón H. Jurado, Tristán Solarte, Joaquín Beleño, Mario Augusto Rodríguez, Raúl Leis, Carlos Francisco Changmarín, Ernesto Endara, Justo Arroyo, Pedro Rivera, Moravia Ochoa López, Dimas Lidio Pittí, Bertalicia Peralta, Enrique Jaramillo Levi, Rosa María Britton, Juan Antonio Gómez, Allen Patiño, Beatriz Valdés, Luis Pulido Ritter, Consuelo Tomás, Ariel Barría Alvarado, Carlos Oriel Wynter Melo, Melanie Taylor, Roberto Pérez-Franco, José Luis Rodríguez Pittí, Luigi Lescure, Lupita Quirós Athanasiadis, Isabel Herrera de Taylor, David Robinson, Andrés Villa, Lissete Lanuza Sáenz, Alberto Cabredo, Annabel Miguelena, Gloria Melania Rodríguez, Gonzalo Menéndez González, entre muchos más.

Es un hecho comprobable que el número de buenos escritores nacionales casi se ha triplicado en los últimos 30 años. Los de otras épocas y los de ahora –publicados unos, inéditos otros–, al convivir mediante una similar sensibilidad y deseos de expresarse e interpretar la vida, han contribuido, desde su muy particular parcela imaginativa y de oficio escritural, a la consolidación y enriquecimiento de la literatura panameña.

También lo hacen quienes en años muy recientes empiezan a escribir con talento y entusiasmo, en este Panamá nuestro pletórico de mercantilismo y politiquería, porque les nace hacerlo, porque saben y quieren hacerlo. Porque comprenden que la buena literatura refleja una privilegiada, singular visión del mundo que, al plasmarse eficientemente en novelas, cuentos y poemas, contribuye a una más armónica coexistencia espiritual con uno mismo y con la sociedad en la que nos toca vivir.

¡Compartamos, pues, la felicidad de celebrar nuestro día, colegas!

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