RESQUEBRAJAMIENTO INTERIOR

La hora cero de Venezuela

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La hora cero de Venezuela

Venezuela es un polvorín que no se apaga con represión y amenazas, con descalificaciones y castigos insustentables. Ante las masivas, constantes y decididas manifestaciones del pueblo valiente que protesta en las calles, ahora que se ve perdido Maduro propone convocar a una constituyente en Venezuela, según él, para “refundar” el país. Resulta evidente que sus secuaces y él no buscan “refundar” ningún país, sino más bien “refundirlo”. Refundirlo, sí, en la ya existente miasma política, económica, social y de humillante degradación humana a la que ha ido llevando a los sufridos venezolanos paso a paso, bolívar a bolívar, muerto a muerto; mientras la cúpula del poder, los grupos paramilitares (colectivos motorizados y armados) y la casta militar comprada, siguen desangrando al país en nombre de un proceso socialista desgastado, descastado, absolutamente fracasado.

Con más de 500 presos políticos (muchos de ellos muy recientes, a raíz de las manifestaciones), 21 muertos, múltiples heridos en las calles, una inflación astronómica, hambre en las familias, manipulación total de las instituciones y, frente a esto, la decisión inquebrantable de un pueblo que despierta cada vez más la admiración internacional, la situación no está para nuevos “diálogos” tras el rotundo engaño y fracaso del anterior que convocó el Gobierno. Ceder ante esta nueva mentira, que solo busca ganar tiempo y relajar la creciente presión masiva en las calles, sí que sería traición de lesa patria en las actuales circunstancias. La libertad de un pueblo, la recuperación de su bienestar cotidiano hoy ultrajado, la dignidad de su voluntad popular al ejercer en las calles contra viento y marea sus derechos ciudadanos, no son negociables.

Noticias recientes nos revelan que acaban de pedir asilo político en Colombia tres militares venezolanos, y que Maduro ha tenido la osadía de exigirle a sus vecinos que se los devuelvan. Muy revelador este inicio –este indicio certero– de resquebrajamiento al interior de las bases del ejército; la actitud de la cúpula militar corrupta son otros 500 pesos. Es obvio que no soportan más reprimir a su pueblo ni ver cómo los colectivos motorizados, intocables serviles del gobierno chavista, asesinan, con impunidad, a víctimas inocentes, cual pandillas de forajidos del viejo oeste gringo.

En Venezuela, como en la Cuba castrista que la tiene penetrada, hay una cruel dictadura que ha convertido al país en un Estado fallido. La situación económica, política, social, cultural y humana es pésima. La gente ya perdió el miedo; reclama en las calles sus derechos, y quiere salir de la escoria chavista que ha arruinado a su país. Solo miren el tamaño de las manifestaciones que se están dando en muchas ciudades, su consistencia, su tesitura absolutamente popular, y la actitud brutalmente represora de los milicos vendidos al régimen. No hay derecho a depauperar al 80% del país en nombre de una ideología fracasada. Es Maduro, el déspota que habla con pajaritos, quien lleva a Venezuela a una guerra civil, no el “Imperio”.

Los muertos recientes de bala, gente golpeada y presa por manifestarse; los ya numerosos presos políticos; la prensa coartada; el desabastecimiento de comida y medicamentos básicos; los políticos opositores descaradamente inhabilitados para puestos de elección popular; todos los caminos democráticos cerrados. La calle es la única respuesta para tumbar al tirano. A estas alturas, no hay otra. Un admirable Leopoldo López, que lleva varias semanas sin poder ser visitado por su familia y abogado, no solo es inocente, sino que ya se ha convertido en un héroe nacional desde su injusto cautiverio; y si no lo matan antes, tarde o temprano, tendrá que ser liberado y reivindicado.

Que unos pocos ñángaras locales –intelectuales incluidos– piensen distinto, es un derecho fundamental que tienen. Un derecho que aún existe en Panamá, y que a los cientos de miles de opositores al régimen venezolano (al igual que en Cuba durante 50 años de soledad: recuérdese los masivos fusilamientos de los primeros años, decretados por los hermanos Castro, a quienes Chávez y Maduro, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega tanto admiran; y la imposibilidad sostenida hasta hoy de poder opinar distinto al régimen de la isla, mucho menos manifestarse en público) se les está conculcando, por la fuerza, mientras los matan de hambre y pretenden taparles la boca, cercenándoles su sagrado derecho a manifestarse.

No hay peor ciego que el que no quiera ver. La sostenibilidad de los crímenes de lesa humanidad, los de antes y los de ahora, simplemente no es negociable. Hagamos votos para que la hora cero de Venezuela no le cueste al sufrido pueblo de Bolívar más sangre y dolor.

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