hoyporhoy_2011-10-12

En Panamá, la contaminación auditiva es abrumadora. En horas pico los conductores desahogan su impaciencia y su frustración sobre el claxon, lo que sumado al rugir de los motores hace intolerables las largas filas en las paradas de buses y el paso por las estrechas y accidentadas aceras.

En las noches, autobuses, chivas parranderas y particulares ponen a vibrar la atmósfera con el volumen de su música. El infierno también está en establecimientos comerciales que, para llamar la atención, disparan los altoparlantes a niveles de tormento. Tampoco escapan los hogares.

Sometidos de lunes a sábado al quehacer de las construcciones, los hay que también sufren los fines de semana debido al abuso y la desconsideración de vecinos que hacen de la fiesta un negocio.

Vivimos una cultura de ruido que conducirá inexorablemente a una disminución en la capacidad auditiva de la población. No nos hagamos los sordos.

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