hoyporhoy_2011-12-11

Desde su entrega en la Nunciatura, Manuel Antonio Noriega no pisa suelo panameño. El país al que hoy retorna es por completo otro.

No es solo el de los rascacielos que se superpone al de las deficiencias estructurales. Es un Panamá diferente. Hace 22 años el país despertó de una pesadilla, para darse cuenta de que tenía todo por rehacer en cuanto a su andamiaje institucional.

Desde entonces la democracia no ha dejado de ganar terreno así fuera o sea a contracorriente de quienes no pueden entender que esta tierra ya no alienta posibilidad alguna para ningún tipo de satrapía; ninguno.

Entre la partida de Noriega y su regreso hay una generación de panameños que no vivió la época oprobiosa del tirano y de sus secuaces militares y civiles. Es en ella en la que es necesario afirmar el valor de la libertad para que lo leguen a sus hijos como un bien preciado a conservar por siempre.

No ha de ser en el sentido de la revancha, sino en el de la justicia: esa que termina por enfrentar al que –aun considerándose el más poderoso entre los hombres– tiene que responder por sus actos. Y pagar por ellos.

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