EL OCASO DEL DICTADOR

hoyporhoy_2011-12-12

¿Aprendimos algo?

El regreso del tirano nos obliga a enfrentarnos a nuestro pasado, a nuestra realidad y al destino que nos aguarda. El 3 de enero de 1990 partió Manuel Antonio Noriega custodiado por agentes antinarcóticos a responderle a la justicia extranjera. Veintidós años después regresa a enfrentar las condenas por homicidio pendientes en Panamá.

Noriega debe pagar sus penas completas, no solo por la indolencia absoluta con la que destruyó el Estado, sino porque el mensaje es a pie llano: castigo ejemplar para quienes ayer, hoy y mañana pretendan abusar y perpetuarse en el poder, para quienes violen los derechos humanos y para los que buscan convertir el país en una extensión de su patrimonio particular.

No hacerlo, además, derramaría sobre el mundo que lo juzgó por narcotráfico y lavado de dinero la maloliente bilis que corrompe la administración de justicia, que lo premiaría con un descanso en casa mientras la impunidad nos define incapaces de castigarlo por las vidas que segó, las libertades que pisoteó y la corrupción con la que nos asfixió.

Sin embargo, el pasado que hoy reclamamos tuvo más protagonistas que Noriega. Ninguna dictadura se construye en un día ni la hace una sola persona.

Al puñado de mangantes de entonces le acompañó el silencio de muchos. Fue la complicidad de todos los que susurramos en privado, pero que callamos en público, la que propició que perdiéramos el país.

¿Dónde estuvieron los funcionarios honestos que, siendo la mayoría, no cumplieron con su deber? ¿Los jueces y magistrados que callaron ante los atropellos? ¿Los empresarios que siguieron contando billetes hasta que fue demasiado tarde? ¿Los diputados y políticos que por hacerle el juego al poderoso condenaron al país y a sus hijos a una narcodictadura de la cual no podíamos zafarnos? ¿Y la inmensa mayoría de los ciudadanos que enmudeció por tanto tiempo?

Demasiados panameños creen hoy que lo ocurrido durante la dictadura son algarabías de allende, tragedias lejanas que no volverán. Es bueno ajustar el retrovisor y fijarlo como espejo. Quizás así despertemos a tiempo de nuestro letargo y guardemos nuestra ingenuidad en lugar seguro.

Que el regreso de Noriega sirva para alertarnos ante los gestos de la caricatura de dictador que pretende alcanzar con dólares lo que el otro logró con fusiles.

Ojalá atajemos a tiempo la glotonería del poder; que la imagen del dictador en su celda les recuerde a los diputados que por encima de los caprichos del gobernante está la patria. Que les haga saber a los jueces que la genuflexión al poder solo depende de ellos. Y que los profesionales, empresarios y ciudadanos no olvidemos tan pronto que la libertad, la justicia y la democracia se defienden desde el primer día, todos los días.

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