hoyporhoy_2012-02-29

El que dentro del presupuesto de la Presidencia se siga destinando un monto importante a la partida discrecional es una prueba elocuente de la falta de palabra de Ricardo Martinelli. Pero no solo se trata del incumplimiento de una promesa electoral, ¡otra más!; se trata de que la discrecionalidad, tal como la ejercen nuestros políticos, tiene poco que ver con equidad y buen juicio, y mucho que ver con nepotismo y clientelismo.

En su momento, Mireya Moscoso, Ernesto Pérez Balladares y Martín Torrijos echaron mano de la polémica partida para pagar ya fuera vestidos, flores, viajes al exterior, estudios o tratamientos médicos para algunos privilegiados. Martinelli no se ha quedado atrás; el gobernante del cambio ha patrocinado ferias y ha sufragado cuentas de hospital de allegados políticos y parientes, haciendo gala de una generosidad por lo demás falsa, por cuanto no compromete su propio peculio, sino que corre por cuenta de los contribuyentes. ¿De qué forma hay que explicarle que no es más que un administrador y que, como tal, debe rendir cuentas por el uso que hace de los recursos del Estado?

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