hoyporhoy_2012-03-24

Si el respeto por los derechos humanos se midiera por el estado de nuestras cárceles, sus condiciones y el tratamiento que reciben los reos, Panamá seguramente estaría en serios problemas.

Nuestras penitenciarias son ignominiosas, a pesar de que su fin es la resocialización del recluso; de tratar de que vuelva a ser ciudadano de bien. Muy lejos estamos de eso.

De hecho, las cárceles son verdaderas escuelas del crimen. ¿Cómo podemos esperar que una persona que ha cometido una falta contra la sociedad vuelva a ser acogido en su seno, si la cárcel lo arrincona en su celda para convertirlo en un ser malvado? Bien lo reclama la Corte Interamericana de Derechos Humanos: las cárceles panameñas deben cumplir “con estándares mínimos compatibles con un trato humano” y sobre todo, que puedan tener una “vida digna”, aun cumpliendo una pena.

Pero, ¿qué le ofrece la sociedad a esas personas? No esperemos que de allí salgan santos, cuando ellos viven en el infierno.

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