hoyporhoy_2012-12-30

Le corresponde desde ya a la actual titular de la Contraloría General de la República la memoria ingrata de haber traído sobre la institución desprestigio y desconfianza generalizados. Cuando pudo mostrar al país que se equivocaban quienes anticiparon un período obscuro para la entidad, en virtud de su procedencia desde la auditoría de una cadena de supermercados –nada descalificable en sí mismo–, optó por confirmar que llegaba al cargo para pasar por alto, hacer la vista omisa, o simplemente ignorar lo que sucede en los asuntos del Estado.

Tan inocua y descolorida ha sido su gestión que seguramente pocos ciudadanos la reconocerán por su nombre o podrán identificarla si llegan a cruzarse con ella. En cambio, ha hecho mucho para asentar en la opinión pública la existencia de todo un sistema dirigido al ocultamiento, a cuyo amparo medra un desgreño sin control, o según se vea, muy bien controlado.

Son razones que marcan la evaluación negativa sobre su despacho a lo largo de esta administración y la expectativa justificada de que el tiempo que le resta en el puesto transcurra lo más pronto posible. Para bien de la Contraloría.

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