hoyporhoy_2013-04-29

De nada vale gastar dinero público o de los inversionistas para culpar -cual propaganda burda- a las administraciones gubernamentales de los últimos 40 años de desidia e inoperancia.

Los consejos de los siete sabios de la bolita del mundo o de los reyes del marketing a los que acuden con frecuencia quienes nos gobiernan se estrellan con la realidad de que hoy por hoy el transporte público en la ciudad de Panamá y sus alrededores es un verdadero desastre, una olla de presión a punto de estallar.

Miles de personas, particularmente las que viven en el cinturón de la capital, como en los sectores norte, oeste y este, sufren diariamente las deficiencias de un sistema que se nos prometió como “cómodo, seguro y confiable”. Y a estas alturas no hay justificación alguna para que las cosas no hayan cambiado para bien. Eso es independiente del ministro de turno o la empresa que esté a cargo.

Nunca antes el Estado había invertido (o gastado) tanto dinero en este asunto. Pagamos millones de dólares por unos buses que ni siquiera tienen un buen respaldo en lo más básico: piezas para funcionar. Que alguien toque el timbre, pida parada, se baje y le dé paso a otro que sea capaz de conducir el bus.

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