hoyporhoy_2014-05-24

La tragedia causada por el tsumani de Indonesia en 2004 pudo haber sido mayor, de no haber existido manglares que actuaron en varias áreas como barreras contra la arremetida violenta del océano.

Los Países Bajos en Europa y la ciudad de Nueva Orleans, en Estados Unidos, también han vivido los efectos de la fuerza destructora del mar. Panamá no necesitaba de los diques que se construyen en otras partes. Aquí la naturaleza, generosa, nos regaló los manglares.

Pero los arrasamos poco a poco en aras de un “progreso” distorsionado. Nuestro principal aeropuerto –en el que se han invertido millones de dólares para que sea el hub de las Américas– se encuentra en una zona baja, próximo a la bahía de Panamá, colindante con unos rellenos impulsados por la voracidad inmobiliaria.

Así, creamos las condiciones para el desastre mientras el Estado impulsa medidas que limitarán el tamaño de áreas vitales como los manglares.

La voz de expertos y activistas ambientales, y ahora de los operadores aéreos, no puede ser desoída. La protección de los humedales, en especial los de la bahía de Panamá, debe ser asunto de interés nacional.

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