SOCIEDAD

El idiota en sentido estricto: Olavo de Carvalho

Términos como “idiota”, “imbécil”, “estúpido”, se pueden utilizar como meros insultos. En este caso no indican deficiencia mental objetiva en el individuo a quien se aplican, sino solo la rabia del que habla, que incluso puede ser –y a menudo es– causada por la percepción de una superioridad intelectual que los molesta y humilla.

Nunca uso en tal sentido esos términos. Cuando digo que alguien es idiota o imbécil, es porque percibí claramente en la persona de quien hablo, una o varias de las 28 discapacidades intelectuales señaladas por el educador rumano Reuven Feuerstein, las cuales siempre resultan en juicios impulsivos, desfasados de la situación.

Este error, el más común hoy en día entre los polemistas brasileños sobre cualquier asunto, corresponde esquemáticamente a la falacia lógica que los antiguos llamaban ignoratio elenchi, en la que el sujeto cree que ha demostrado algo cuando en realidad demostró, si acaso, otra cosa completamente diferente. Esto ocurre, evidentemente, cuando el ciudadano no puede entender cuál es el punto en discusión. Es imposible que un estudiante no adquiera este vicio cuando es entrenado desde la infancia para remitir todo, siempre y sistemáticamente, a media docena de lugares comunes considerados como universalmente explicativos, en lugar de tratar de entender lo que realmente está en juego en la discusión. El recurso compulsivo a etiquetas infamantes como “fascismo”, “fundamentalismo religioso”, “homofobia”, “élite explotadora”, etc, es hoy en día prácticamente obligatorio y funciona como sustituto socialmente aprobado del esfuerzo por comprender lo que se pretende impugnar, mediante el empleo fácil y mecánico de estos términos. El control “políticamente correcto” del vocabulario trata de imponer una camisa de fuerza verbal al adversario, pero termina por discapacitar intelectualmente al propio usuario de este artificio, reduciéndolo a la condición de repetidor histérico de insultos completamente injustificados.

Como en Brasil lo que se denomina “educación universitaria” consiste básicamente en adiestrar a los estudiantes en esta práctica, no es de sorprenderse que cuatro de cada diez alumnos sean analfabetos funcionales, lo que tampoco significa que los otros seis tengan una inteligencia a la altura de las funciones para las que allí se preparan.

Demostraciones de ineptitud son frecuentes no solo entre malos estudiantes, sino también entre las personas que ocupan las posiciones más destacadas en el ámbito de la cultura en Brasil. Cuando, por ejemplo, un escritor es aplaudido por los medios de comunicación por calificar como “genocidio” la disminución del número de indígenas brasileños de 4 millones (número hipotético) a 900 mil desde los tiempos de Pedro Alvares Cabral hasta hoy, tanto él como su público demuestran que no tienen la más mínima idea de lo que sería un genocidio y solo utilizan la palabra como un refuerzo de la identidad grupal de los “buenos” contra los “malos”. “Pensar”, en Brasil, significa que el sujeto se enamora de un símbolo de lo que le parece “el bien” y “la justicia”, activando de inmediato el generador de palabras huecas para acabar con el mal en el mundo.

Ya ni siquiera comento sobre los que en arrebatos verbales aparecen a toda hora pregonando acabar con Olavo de Carvalho de una vez por todas. Uno de ellos, a quien intentaba explicar que no es posible tener servicios públicos gratuitos y al mismo tiempo “acabar con la desigualdad social”, no parecía entender que un servicio público solo puede ser gratuito cuando es financiado por alguien que no sea su beneficiario: la reducción de la desigualdad social distribuye los costos de manera más equitativa entre todos y termina automáticamente con la gratuidad. En una situación ideal, donde todos tuvieran ganancias similares, se daría una de dos cosas: o todos pagarían contribuciones iguales para financiar los servicios, independientemente de que los usen o no, o cada uno pagaría en proporción a los servicios que recibiese. En el primer caso se establecería inmediatamente la desigualdad entre los que pagan sin usar y los que usan sin pagar. En el segundo caso, los servicios no podrían ser gratuitos de ninguna manera. Por más que yo explicara, analizara y planteara esta simple ecuación, el sujeto, hombre de formación universitaria, continuó pataleando y asegurando que yo era un partidario de la injusticia social.

Solo puede haber divergencia de opiniones entre personas con un nivel similar de inteligencia y conocimiento. Con idiotas, lo único que existe es una dificultad de comunicación casi invencible.

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