CULTURA Y SOCIEDAD

El papel iluminador de la literatura: Enrique Jaramillo Levi

Si la vida es una compleja red de convergencias y divergencias de toda índole, una sucesión de acontecimientos a menudo imprevisibles por más que haya planes maestros meticulosamente trazados por voluntades esforzadas, la buena literatura concebida como arte implica una necesaria creatividad en la visión de mundo que muestra. No un simple reflejo mimético, sino una recreación interpretativa que añade al mundo una obra digna de ser leída y valorada.

Así, los escritores, por naturaleza agudos observadores del entorno y de nuestra propia interioridad, auscultamos la no pocas veces escurridiza realidad, la analizamos con una híbrida combinación de conocimiento, experiencia, investigación, intuición e imaginación, y la plasmamos en textos que esperamos sean significativos para los demás debido al dominio de nuestro oficio. Se trata, por supuesto, de una ardua a menudo incomprendida labor; de una responsabilidad inexorable. Pero también, para quienes ponemos alma y vida en ello, una gran satisfacción. Crear –versus destruir– siempre será no solo terapéutico sino altamente nutricio y estimulante en lo personal, pero también oblicuamente didáctico en cuanto comparte sentimientos e ideas.

De ahí que, lejos de ser una actividad de gente ociosa o frívola, una excentricidad superflua, indigna de lectores provenientes de profesiones muy diferentes y del hombre común que simplemente sobrevive en las calles, la creación literaria y las obras más logradas que produce sean una verdadera hazaña cotidiana. Y lo es debido al esfuerzo intelectual y artístico que implican al producirse a contracorriente de toda clase de obstáculos externos e internos. Esfuerzo que una vez convertido en literatura merece que esta sea divulgada, apreciada y promovida por la comunidad toda, pero también por el Estado y la empresa privada.

El papel de las letras, y por tanto el de los escritores que las generan, ha sido siempre fundamental en el desarrollo universal de la cultura, y lo sigue siendo. Sobre todo ahora que el influjo de las economías asfixiantes y las arbitrariedades cotidianas que el poder inventa en beneficio propio, imponen sus garras en la vida de la gente, enervándola; y en el proceso de asimilación o de protesta, alienándola. Se trata, en el fondo, de una suerte de deshumanización, sobre la cual también se dejan sentir en sus obras no pocos escritores.

Y es que la buena literatura debe hacer pensar y sentir al mismo tiempo, tomar conciencia, expandir la imaginación, permitir al lector sensible entrar a un mundo de certezas, dudas, extrañamientos, negaciones y posibilidades dictadas por el lenguaje que su creador, con su talento, eficazmente ensambla. La función del escritor es, por tanto, auscultar las diversas facetas de la experiencia humana, sus recovecos, esos que no siempre están a la vista, tanto en lo individual como en lo colectivo, para finalmente hacer una propuesta: la de su propia visión de mundo; la de su interpretación del conjunto de problemas que elige abordar en su obra, o acaso la de una sola parcela del todo, pero vista en profundidad.

Sin duda una de las funciones propias de novelas, cuentos, poemas y obras teatrales puede ser entretener. Pero hay otras, muy importantes, como lograr que el lector sienta la seriedad de lo planteado y reflexione al respecto, lo cual suele requerir cierta densidad literaria, determinado grado de sofisticación técnica en el oficio escritural. Porque resulta que escribir obras literarias memorables, no es, no puede ser, copiar simplemente la realidad; ni tampoco predicar o querer adoctrinar machaconamente sobre ella. En tal caso sería mejor tomarle una foto o filmarla; o bien escribir un sesgado artículo de opinión, hacer un discurso o garabatear una pancarta. Por supuesto, la frivolidad, las moralizantes recetas de vida y el simplismo que busca que todo el mundo entienda lo obvio, tampoco es la fórmula ideal. Y es que, claro, simplemente no existe tal fórmula ideal. Lo que existe, en cambio, es la creatividad; el deseo de generar otras visiones, otras posibilidades menos anquilosadas.

El arte, en este caso la buena literatura, es otra cosa. La creación literaria, cuando se toma en serio, aspira a la mayor perfección y significación humana posible. De ahí que, en efecto, escribir bien sea, al convertirse en obra, un arte. Un difícil y trascendente arte que desde la época de las cavernas ha inspirado y acompañado a los seres humanos mediante sorprendentes dibujos y relatos orales, y que –con la tecnología exacerbada que hoy nos desborda o sin ella– lo seguirá haciendo hasta el fin de los tiempos. Escribir creativamente es soltar amarras, romper diques de obligada contención para que entre la luz y salgan los fantasmas. Una secuencia de palabras puede crear imágenes que perduren, ideas de un profundo sentido. O ser simples tatuajes cuyo mensaje artificial nada más remite al vacío de sí mismo.

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Por si te lo perdiste

INTERNET Y EL SER HUMANO El olvido y la memoria, frente a frente

Michel Gondry, el genial director de cine francés, expone en su película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004) la posibilidad de usar la ciencia para borrar la memoria. Para olvidar. ...

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

16 Ago 2017

Primer premio

7 8 9 4

DBDC

Serie: 14 Folio: 7

2o premio

6122

3er premio

5195

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código