AUTORIDAD FAMILIAR

El inconsciente delictivo en la época: A. Iván Samaniego

Es ineludible señalar la importancia que tiene la relación sociedad–familia–cultura, como factor determinante en las manifestaciones criminales. Por una parte, en las sociedades no liberales, con patrones políticos autoritarios, la violencia se ejerce desde el poder hacia las bases ciudadanas, siendo mínima la delincuencia en ese tipo de sistemas casi inexistentes en la sociedad actual, que se podrían considerar patriarcales modernos.

Se articula, en este caso, la máxima (refiriéndonos a este tipo de sistemas) que el padre es autoridad en su discurso. En estas sociedades la autoridad proviene del Estado, encarnada en un líder. En el resto de la sociedad, la familia sigue funcionando desde un esquema clásico, controlada por los resortes de un patriarcado.

Sin embargo, el sistema que predomina actualmente, la democracia, crea las condiciones para que los discursos no tengan ni orden ni control. Es lo que se concibe como la democracia neoliberal, donde la autoridad se desvanece a partir de una supuesta autorregulación del sujeto colectivo. La supuesta autoridad está en este sujeto colectivo (las masas), no en una figura líder que represente la autoridad.

En un sentido filosófico, lo absoluto es central, no solo en las concepciones kantianas o aristotélicas, y tendrá un peso enorme. En la praxis política, la autoridad proviene del pueblo (un absoluto formal), en la praxis económica del mercado (es el absoluto real).

Este es el problema de establecer una ética en la época posmoderna, donde las vías del todo es posible se incluyan en los discursos. Problema que trasciende a la institución escolar, en donde la transmisión de conocimiento y valores morales se hace un imposible, ya que antes tal transmisión de conocimientos e ideales se basaba en la ley simbólica respaldada por el modelo paterno, así los estudiantes integraban la formación necesaria que comporta todo proceso educativo; de esta manera, el respeto a la autoridad simbólica que representaba el profesorado tenía como base la autoridad del discurso paterno en la familia.

A raíz de esta desestructuración, la problemática escolar es un síntoma evidente de lo tratado. Ahora asistimos a una caída y desvalorización de la ley simbólica, ni la palabra tiene el valor que tenía, ni la ley paterna se transmite igual. Es necesario establecer estas diferencias para introducirnos en el análisis del problema delincuencial de la época actual, porque nosotros pertenecemos a una sociedad que se inserta al mundo globalizado; es decir, culturalmente monolítico dominado por las redes sociales.

Este mundo introduce parámetros éticos que modifican las estructuras familiares tradicionales. La forma nuclear familiar es inoperante en una época marcada por el libertinaje moral. De cualquier forma, ¿cómo podría asociarse el deterioro de la estructura familiar clásica al problema delincuencial de la época? Hay que ver hasta qué punto en una cultura sin padre la ley de la madre se impone. Pues, en la versión psicoanalítica lacaniana, no se trata de si la madre es buena como se podría esperar, sino, por el contrario, que es una fiera esencialmente insaciable, amenazadora en su omnipotencia sin ley. Esta es una forma metafórica de decir que el deseo materno es ilimitado, que va más allá de un simple instinto.

Este es el problema que se presenta cuando se observan los cuadros familiares del delincuente y de los jóvenes que pertenecen a las bandas. En lo real y simbólico el padre está ausente, tomando la madre al hijo como objeto de su deseo.

Se trata de estructuras familiares donde el hijo sustituye el rol del padre, satisfaciendo toda demanda materna que va por encima de la ley moral. Es, en esa medida, que los psicoterapeutas modernos se enfrentan a una modalidad y mutación constantes de las formas de convivencia familiar, hijos sin padre, hijas sin madre, hijos con padrastros o madrastras, hijos con abuelos, hijos con tíos, etc.

Ante esta situación, surgen nuevos discursos que proponen soluciones light y que desacreditan la figura del padre, dejando en el límite la construcción de un sujeto que logre anudar su deseo a la ley social. Es a partir de allí que podemos contemplar la idea de un inconsciente delictivo en la época, en donde la relación triangular (padre, madre, hijo) no funciona, y no existe más ley para el sujeto que la ley del goce.

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