MEJORES ORDENANZAS

Una buena institucionalidad es igual a un mejor país: Gaspar García de Paredes Ch.

Panamá tiene una débil institucionalidad, pero calificar si estamos en crisis resulta subjetivo. Al leer la definición de crisis, en sus múltiples significados y connotaciones encontramos referencias a “cambio brusco”, “mutación”, etc. Apoyados en esas palabras no podríamos decir que estamos en una crisis, pues llevamos décadas sufriendo de una débil institucionalidad.

Una de las pocas organizaciones con buena institucionalidad es la Autoridad del Canal de Panamá. En la ACP están claramente definidas las responsabilidades y deberes de cada puesto. Está delimitado lo que puede hacer o no cada funcionario. Existe la rendición de cuentas y cada trabajador está sujeto a que sus actuaciones sean auditadas. Para cada puesto hay claras condiciones y características que un aspirante debe tener. El desempeño es objetivamente medido contra parámetros definidos y conocidos por todos. Hay reglas que se deben cumplir, así como metas, plazos, objetivos y resultados. El ascenso a otro “escalafón” también responde a escrutinios con reglas claras y transparentes.

La gestión de las tareas relevantes se documenta, incluyendo las firmas de los involucrados para que en caso necesario se hagan auditorías o investigaciones que permitan explicar las desviaciones de los parámetros preestablecidos y deslindar las responsabilidades o, también, identificar posibles fallas en “el sistema”. En pocas palabras, existe trazabilidad en la gestión de funcionarios, y responsabilidad por sus actuaciones. Adicionalmente, la ACP cuenta con protocolos que se activan ante cualquier emergencia o condición que amenace el funcionamiento del Canal. Todo esto y otras medidas o “buenas prácticas” existen para reducir el error humano, aumentar la confiabilidad de todos los que dependen de la operación (clientes, empleados, suplidores u otros). Estas medidas reducen las “ventanas discrecionales” y mejoran el desempeño de la organización. Todas las organizaciones del país (públicas y privadas) mucho pueden aprender de la ACP, sin querer decir que ya la ACP no tenga cosas que mejorar. Pero es el mejor modelo que tenemos en el país y, más importante, es una organización mayormente gestionada por panameños. Es decir, sí podemos hacer las cosas mejor de lo que las hacemos en otras organizaciones.

Por ejemplo, cómo sería la operación del Gobierno si todos los funcionarios fueran de carrera, escogidos según parámetros idóneos para el puesto, evaluados según metas objetivas y transparentes, promovidos y remunerados en consecuencia de los resultados que logran, etc. Cómo sería la atención a la ciudadanía que acude a un trámite ante el Gobierno, si para cada trámite existieran requisitos claros y lógicos, pero también un compromiso formal (de la institución y sus funcionarios) para cumplir con los plazos y resultados que la ciudadanía necesita. Y eso para cualquier trámite o servicio público (salud, tribunal electoral, de justicia y todos).

Cuando hablamos de la débil institucionalidad nos referimos a la falta de todo eso. Ante esa falencia, cómo hacemos. Pongamos por ejemplo el reemplazo de miles de funcionarios ante los cambios del partido en gobierno. Tristemente, los funcionarios son designados más por compromisos político-partidistas que por competencias para el puesto; aunque es obvio que hay excepciones. La opinión de muchos es que la Ley de Carrera Administrativa ha sido tan abusada que si fuera una dama casi nadie la querría de pareja. La débil institucionalidad incluye la preocupante falta de protocolos y medidas que eviten situaciones traumáticas a la comunidad. Por ejemplo, lo que ocurrió con el dietilene glycol. Cómo es posible que en un laboratorio de medicinas no existiera un plan para detectar la materia prima que incumplía con los requerimientos, antes de ingresarla a la bodega.

Algunos dirán que, a pesar de lo que nos falta, hemos logrado hacer crecer el PIB a niveles envidiables. Panamá hoy es considerado un país de ingreso medio-alto. Nuestra preocupación es por la sostenibilidad de lo que hemos logrado y para que las mejoras en el bienestar alcancen a la mayor parte de la población. Necesitaremos invertir más en la formación: cívica, moral, ética, espiritual, académica y técnica de la ciudadanía a fin de escalar otro nivel. Sobre todo necesitaremos implementar y practicar mejores ordenanzas para administrar el país. Los países del llamado “primer mundo” no empezaron donde están, fueron aprendiendo y mejorando. En esos países valoran: la transparencia y la rendición de cuentas, los derechos de terceros, la meritocracia, el honor y el compromiso de actuar con justicia. Los mensajes que proyectan esos países son que se respetan las libertades ciudadanas y del individuo; en adición que los objetivos y el rumbo del país en general son conocidos y previsibles (hay pocas sorpresas). Esa estabilidad y el soporte que da la institucionalidad bien llevada inspiran la confianza a propios y extraños. No se puede alcanzar ni ser un país de primer mundo sin esto.

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