MAYOR PARTICIPACIÓN

Sobre la institucionalidad y el porqué Panamá aún es pobre: Manuel Castillero

Por años, especialistas de renombrados centros académicos han intentado explicar las causas del subdesarrollo. A pesar de ello, probablemente, ninguna tesis resuelva en su totalidad la pregunta acerca de qué impide a países como Panamá transitar hacia el desarrollo (las ciencias sociales no son exactas y a veces no se basan en relaciones causa efecto).

Daron Acemoglu, profesor de Massachusetts Institute of Technology (MIT) en su última obra Why Nations Fail (Por qué Fracasan las Naciones) presenta una explicación: la causa más importante es la ausencia de adecuada institucionalidad.

Es más, para él lo que define si un país es rico o pobre es si tiene “instituciones incluyentes” o “excluyentes”. Las primeras funcionan bien porque generan incentivos que estimulan la creatividad y la competencia. Un ejemplo es Estados Unidos –y otros países avanzados– que cuenta con instituciones educativas que promueven figuras como la de Bill Gates.

Es decir, estos países se han hecho ricos porque gozan de una institucionalidad económica que se basa en un marco jurídico estable para que gente como Gates –o sus competidores– estructuren empresas prósperas que, por vía de la innovación, benefician a toda la sociedad.

Sostiene que esto es posible gracias a que diversos actores económicos confían en la imparcialidad de sus instituciones, lo que asegura un eficaz mercado para el traspaso, por ejemplo, de derechos de autor, o de tierra por citar otro caso. Nuestros países no generan estos individuos, no por falta de talento o capacidades, sino porque existen “instituciones extractivas” que se basan en privilegios y prebendas y que inhiben el deseo y las posibilidades de superación de los ciudadanos.

Daron, además, rechaza explicaciones según las cuales los países tropicales son más propensos al subdesarrollo. Por ejemplo, Singapur y Malasia, que han registrado vertiginosos crecimientos y alcanzado el desarrollo en tan solo decenios. Igualmente, cuestiona el que los factores culturales sean determinantes.

Hay quienes sostienen que Estados Unidos y Canadá son desarrollados porque fueron colonizados por Inglaterra y heredaron su cultura. Contra argumenta que otros países también fueron colonizados por Inglaterra y aun así no son desarrollados (islas del Caribe y naciones africanas). Admite, claro está, que la cultura sí influye, ya que a veces perpetúa las malas instituciones, pero la cultura no fue inicialmente el factor determinante.

Toda su tesis converge sobre el hecho de que las instituciones económicas que generan riqueza inexorablemente están a su vez supeditadas a “instituciones políticas”. Plantea, por ende, que el subdesarrollo se debe a que hay intereses creados que adoptan decisiones políticas que riñen con el interés colectivo y el desarrollo.

El enfoque de Daron quizá sea unilateral (un solo factor explica todo) y hasta superficial para algunos. Es decir, el común de la gente reconoce que la democracia es buena y que la institucionalidad es necesaria.

Quizá lo novedoso sea que nos aclara qué tipo de instituciones se requieren, si son incluyentes generan eficiencia y progreso, y sin son excluyentes, obstruyen el cambio y son inequitativas. Pero lo más resaltante sería que el desarrollo es viable solo consolidando la participación democrática.

De allí que la clave del éxito para países como Panamá consista en crear una base política para una mayor participación y representatividad de sectores que pueden potenciar el crecimiento y el desarrollo.

Esos agentes serían, por así decir, aliados del cambio. Pero ello requería reforzar objetivos como mejorar la institucionalidad electoral, incluyendo la correspondiente normativa, sobre todo en cuanto a lograr representatividad, creando así incentivos a favor del juego democrático.

Otro aspecto sería reforzar la cultura del diálogo y del consenso para formular planes nacionales. Es cierto que consultar acarrea menor velocidad de ejecución, pero solo a corto plazo. A mediano y largo plazo, sin embargo, evita conflictos y fricciones que generan costos innecesarios y que, lo peor, paralizan los cambios.

En Panamá, no obstante, el factor más determinante es que los ciudadanos y actores asuman proactivamente un mayor empoderamiento y liderazgo. Sin liderazgo no habrá institucionalidad y sin institucionalidad no habrá desarrollo.

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