COMERCIALIZACIÓN DE ALIMENTOS

Los intermediarios: Angelo Cheng Guardia

En este país habría que aumentar el salario mínimo todos los días para darle alcance al precio de la comida en los supermercados, principales beneficiarios del sueldo del panameño, además de los otros intermediarios. Como esto no es posible, hay que concienciar a estos actores del mercado para tener un sistema de participación más justo, en conjunto con los productores –y en algunos casos con el Estado– para establecer tareas y beneficios proporcionales a sus aportes.

Los intermediarios son aquellos grupos de individuos, cadenas de supermercados, empresas procesadoras, distribuidoras y empacadoras que trabajan para llevar los productos desde el campo hasta el consumidor. Esto aplica para granos, hortalizas, verduras, frutas, carnes, leche y huevos. En Panamá, dos cadenas de supermercados y cerca de 10 procesadoras contratan parte de la producción de los agricultores y ganaderos, lo que otorga cierta estabilidad y seguridad de compra al precio acordado. No obstante, algunas empresas presionan, con posiciones casi terroristas, para disminuir o suspender los acuerdos cuando se discuten los precios de compra-venta. Generalmente estas operaciones generan utilidades desproporcionadas a favor de los intermediarios.

Entre las variantes de la intermediación predomina la acción de un grupo de actores que, en su turno o relevo, añade costos y ganancias e infla el precio el mismo número de veces que el producto cambia de manos. La cadena comienza en las regiones productoras con el primer intermediario que vive allá, él conoce al productor, tiene transporte y toma el producto sin acordar precio ni fecha de cancelación. Luego lo vende a los primeros mayoristas del Mercado de Abastos y, después de varios días, regresa al centro de origen en donde le paga al productor el precio que, según su conciencia, le permite la transacción efectuada en Panamá.

Otros mayoristas de segunda jerarquía le compran a los primeros, igual que algunos supermercados. Estos mayoristas abastecen a distribuidores que comercian con dueños de tiendas, puestos de frutas y vegetales, hoteles, restaurantes y vendedores en las ferias libres.

También hay intermediarios que se movilizan en pick-up, camiones ligeros, motos y a pie (en los semáforos), que venden a precios hasta ocho veces superiores al que recibe el productor. Esta nefasta comercialización, cuyo epicentro es el Mercado de Abastos capitalino, se replica en los mercados municipales de Colón, La Chorrera, Capira, Penonomé, Santiago y David, resquebrajando el presupuesto familiar destinado al gasto de la comida.

De esta manera, el Mercado de Abastos de la capital se erige como el “templo de los intermediarios”. Allí se enseñorean importadores, distribuidores de mercancías no agropecuarias, centenares de revendedores informales, de todos los niveles, invitados por el proverbial lema “Pro Mundi Beneficio”. Colombianos, dominicanos, peruanos, nicaragüenses y, también, panameños, entran y salen al templo del que manan las remesas que resuelve la crisis personal que agobia a aquellos hermanos latinoamericanos que viven aquí.

La ironía es que al verdadero dueño, el productor, se le trata como intruso, sin permiso de entrada porque la administración y sus cómplices invasores decretaron que a él solo le corresponde lidiar con las sequías, inundaciones, las madrugadas, el insomnio, las deudas y la ruina.

La antigua asociación gobierno-intermediario se debate ahora en una disputa desleal entre los 565 arrendatarios-intermediarios, oficialmente registrados en el Mercado de Abastos, y la administración, por su traslado y el precio que costará el alquiler en la Unidad Alimentaria MercaPanamá, moderna instalación del nuevo mercado mayorista de Panamá. Una decisión que está a la espera del resultado de las elecciones de este 4 de mayo, y que podría favorecer a los más poderosos intermediarios (léase, venta de acciones de la cadena de frío a los supermercados, hoteles y a ciertos ungidos con el 49%, que en la práctica significa el 100%).

Hasta que el productor no se transforme en un empresario eficaz, será solo un proveedor de materias primas, sin oportunidad de incorporar valor agregado a su producto. Él sabe que para ser eficiente y colocar su producto en el mercado, debe hacerlo a través de sus empresas (individuales o colectivas) o en asocio con el Estado y clientes importantes, conscientes de que con precios competitivos aumenta el consumo, se estimula la producción y todos ganan en el negocio de la comida. Aquí no caben las engañosas medidas de fuerza, como controlar y congelar precios, que propicia el desabastecimiento por la estampida de los vendedores, la supresión de las siembras, el crecimiento exponencial de los precios y las importaciones masivas. Así, en lugar de “devolverle dinero al consumidor”, le sacará más del doble.

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