REPASO HISTÓRICO

La invasión que me tocó vivir: Carlos Lucas López Tejada

La medianoche del 20 de diciembre de 1989 tronó el bombardeo de la artillería estadounidense, cuya intención primordial, asumimos, fue la de destruir el Cuartel Central de las Fuerzas de Defensa, ubicado en El Chorrillo, en donde malvivía la clase pobre a la que correspondió poner los muertos y heridos del pueblo y no –según parece– a los militares y civiles nombrados Codepadis que juraron defender con las armas, las instalaciones del Canal ístmico que construyeron al inicio del siglo pasado los estadounidenses, con su propia pecunia.

Sería insensato pensar que alguno de los conciudadanos que nos oponíamos –inermes, pero tenazmente– a la dictadura de Manuel A. Noriega e incluso a la reforma constitucional de 1972 –de corte militarista y opresor– pudiéramos cohonestar semejante barbarie. Tampoco la aplaudieron los partidos que quedaron vigentes al terminar la administración de Marco A. Robles, y que se oponían al Partido Panameñista que había triunfado en las elecciones, con Arnulfo Arias Madrid como presidente. Su derrocamiento por los militares, ocurrido a escasos 11 días de haber asumido la Presidencia de la República, descarta la excusa de que el golpe de Estado fuese causado por el desquiciamiento de la democracia en nuestro sistema de gobierno.

Conviene tener en cuenta que en esa época teníamos libertad para opinar y disentir de la administración oficial, y que no pocas veces se atentó contra la honradez del sufragio o el escrutinio de votos, dando lugar al canibalismo político que oponía a una facción contra la otra y deshuesó la frágil democracia. Además, las relaciones con los estadounidenses que vivían en la zona no pasaban por su mejor momento, por su renuencia de izar la bandera panameña a la par de la estadounidense, conforme a lo acordado por las partes el 24 de septiembre de 1965, por los presidentes Robles y Lyndon B. Johnson, que llegaron a pactos generales para concertar un tratado. Los acuerdos convenidos fueron, según lo advirtió Julio E. Linares en una de sus autorizadas obras, los siguientes: El tratado de 1903 sería abrogado; el nuevo tratado reconocería de manera efectiva la soberanía de Panamá sobre el territorio de la Zona del Canal; el nuevo tratado expiraría –como en efecto ocurrió– en una fecha posterior determinada o en la fecha de apertura del Canal a nivel, cualquiera que fuera lo que ocurriera primero; ambos países reconocerían la importante responsabilidad de ser justos y dar ayuda a los empleados de toda nacionalidad que habían servido bien al funcionamiento del Canal”.

A pesar de lo anterior, el 9 de enero de 1964 ocurrió una grave confrontación entre los ciudadanos de ambos países, lo que culminó con el rompimiento de relaciones que, con sobrada razón, decretó el presidente de Panamá Roberto F. Chiari. Estas contrariedades, por cosas del destino, dieron inicio a la batalla diplomática en Washington que llevó adelante, con acierto, el embajador panameño Miguel Moreno, hasta tanto fue suscrito el Tratado Torrijos Carter, que puso fecha de cumpleaños a las cláusulas de aquel acuerdo inicial, de 3 de noviembre de 1903, que cedía a Estados Unidos los derechos privativos para la administración, funcionamiento y mantenimiento del Canal, “como si fueran soberanos”.

Lo cierto es que no hicieron caso de esta advertencia ninguno de los presidentes que escogieron, de a dedo, los militares y tampoco hizo caso el dictador Noriega, quien al contrario juró ante la patria que ni las Fuerzas de Defensa ni los Codepadis que recibieron entrenamiento militar, “darían ningún paso atrás”.

Ahora bien, que sepamos, tan solo en el relato sobre “la batalla de San Miguelito que describe el coronel Daniel Delgado Diamante”, hubo muchas víctimas y sangre derramada, “pero nadie dice que pidió, pero sí avalaron, aplaudieron y favorecieron la invasión, mucha gente que hoy siente vergüenza de haberlo hecho”. En verdad, ni en su largo relato de la invasión que publicó el día 20 de diciembre de 2014, La Estrella de Panamá, ni en algún otro escrito que haya leído sobre la mencionada lucha de San Miguelito, se dice o afirma que los defensores panameños hubiesen disparado un solo tiro.

Hecha esta aclaración, viene a mi atribulada memoria una anécdota que me contó Francisco González-Ruiz, eximio abogado, profesor de leyes y mentor mío. Me dijo que en aquella ocasión, don Chico, habiéndole advertido uno de sus sobrinos “la puñera que le habían dado los hermanos Pólvora”, le sugirió al sobrino que la próxima vez les pegara con un asiento” y … pronto, le ripostó su sobrino “tío, ¿usted no cree que si le pego con un asiento, los Pólvora me van a pegar más duro?”. Esta observación inteligente del sobrino, calló a don Chico, y puso fin también a mi relato.

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