RESTABLECER LA INSTITUCIONALIDAD

El país del juego sin reglas: Juan Manuel Muñoz

Todos los panameños hemos vivido el caos en las calles del país, con automóviles que van en la vía contraria, vehículos que pasan sobre la doble línea amarilla, taxis que hacen giros prohibidos, algún “diablo verde” que se pasa la luz roja, exceso de velocidad e incluso “regatas” entre conductores de lujosos autos deportivos, etc...

En fin, nadie pone en tela de duda que conducir en la ciudad de Panamá es complicado para quien esté aprendiendo o para el que está acostumbrado a respetar las normas de tránsito.

No deja de ser impresionante la naturalidad y frialdad con la que percibimos ese caos, que entendemos como fallas en la seguridad vial. Sin embargo, el problema parece mucho más profundo y va mucho más allá.

La institucionalidad se puede entender como el “imperio del estado de derecho”, en todos los organismos, y su ejecución por el bien común. Justamente, este es el tema al que me quiero referir.

La falta de supervisión crea las condiciones propicias para que se cometan infracciones, al igual que para que se caiga en el delito y se fomente el crimen organizado. Lo observamos, con claridad, quienes recordamos el saqueo de 1989, cuando ciudadanos de todos los estratos y clases sociales salieron a robar, de forma abierta, aprovechando la falta de autoridad que lo evitara.

Más reciente, los noticieros nos mostraron toda una trama alrededor del Programa de Ayuda Nacional, que a mi parecer no es más que otra manifestación de condiciones similares.

En la sociedad panameña hemos perdido el sentido de que hay “alguien” o “algo” que mantenga el orden, o que haga que se cumplan las leyes y normas. Esto lo vemos en el progresivo deterioro e incumplimiento de las normas de tránsito; en la pérdida del control de epidemias como el dengue; el desorden en las construcciones, y en la percepción de inseguridad en nuestras calles, solo por mencionar algunos aspectos de la vida diaria.

En fin, pareciera que Panamá se ha convertido en el “país del juego sin reglas”.

Es bien sabido que la corrupción es la forma más barata y usada para dejar inoperantes los mecanismos regulatorios de una nación en desarrollo, y que los países que están en ese camino, reportan los mayores niveles de corrupción en el mundo. Esto es posible porque hay recursos mal distribuidos, con instituciones reguladoras débiles. Por esta razón, no es infrecuente escuchar historias de soborno o de tráfico de influencias en el istmo. Pareciera que el sistema democrático hubiera entregado un cheque en blanco cada cinco años a un grupo político, sin que nadie estuviera obligado a rendir cuentas o dar explicaciones públicas a nuestros cuestionamientos, como sociedad.

Está ampliamente demostrado que los organismos gubernamentales con más monitoreos internos, con procedimientos detallados y claros; y con nombramientos de carrera, en base a méritos, son menos vulnerables a la corrupción y sus tentáculos.

En nuestra sociedad, llegamos a presenciar las máximas consecuencias de la falta de supervisión en el establecimiento de diversas formas de presunta asociación ilícita para delinquir por parte de algunos exgobernantes y políticos, en complicidad con algunos empresarios; todo esto luego del desmantelamiento de las instituciones de control gubernamental.

El control y monitoreo social, al igual que el monitoreo interno en el aparato gubernamental, cuestan dinero, pero son necesarios para la convivencia social y el fortalecimiento de nuestra democracia. Las instituciones reguladoras, al igual que las leyes que las respalden, deben ser ágiles y eficientes.

Hay que reconocer los esfuerzos que hacen los miembros de la actual administración para devolver la institucionalidad a ciertas áreas del gobierno, pero hace falta más. Es necesario que los diputados faciliten el marco legal y que el Órgano Ejecutivo provea los recursos logísticos y financieros necesarios, para que los logros vayan más allá de los funcionarios actuales. Nuestra meta, como sociedad, debe ir dirigida a lograr un cambio en las prácticas tradicionales, que nos han mantenido atrasados a lo largo de nuestra historia.

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