TRAGICOMEDIAS

Los juegos del demonio: Manuel E. Barberena R.

Entrelazar la farsa maligna con los pesares es una forma de balancear la comedia con la tragedia en la vida humana. Al estilo de la Pileta de las Garzas de Wilfi desfilan en este escrito como en juego de múltiples facetas estampas del diario vivir, que por ser similitudes son solo coincidencias con personas y hechos de la vida real.

Entre todos los juegos uno de gran beneficio es el del funcionario. Para este no se requiere tener altas calificaciones humanas ni morales ni profesionales. Con la credencial política basta. El jugador de funcionario se desempeña como procónsul romano en provincia conquistada y como su meta es lucrar, poco se esmera en servir con eficacia y honestidad, con raras excepciones.

Administrar justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley es un juego obsoleto y poco atractivo. Entre los avances que ha traído la modernidad están las coimas y las tarifas. Juegan a la imbecilidad los soldados que van a la guerra a matar desconocidos sin saber quién es el verdadero enemigo. Son cómplices de crímenes horrendos contra la humanidad y mantienen ardiendo ese negocio infernal. Habrá paz sin ejércitos.

Juegan al personaje de la película El hombre invisible los miles de policías que están en todas partes para proteger y servir. Aleluya.

Juegan a la defensa de la libertad de expresión las organizaciones de periodismo y los medios que con tibieza calculada luchan porque prevalezca el respeto a los periodistas y el derecho a la información y la opinión.

Juegan al taylorismo (F.W. Taylor, Organización Científica del Trabajo) el Estado y los empresarios que no aprenden de las experiencias bajo la creencia de que vencerán por fatiga o por hambre a los trabajadores en paro, y terminan cediendo lo que al principio negaban después de que se han causado graves estragos a la economía y los servicios públicos.

Juegan al autoengaño los escolares que con algo de ficción asisten a los centros de enseñanza. Se dividen en alumnos y estudiantes. Estudiantes son los alumnos que estudian.

Juegan a los ingratos y desmemoriados los padres de familia que ya olvidaron que deben sus conocimientos y su personalidad a los educadores, y no alzan la voz para que sean tratados con justicia y respetados en su dignidad laboral los educadores, que luchan contra múltiples adversidades para mejorar las condiciones de trabajo y hacer de sus hijos personas aptas para desarrollarse en sociedad.

Juegan a la evasión las autoridades que no reconocen que la educación pública es en primera instancia responsabilidad del Estado, y en vez de usar como escudo a los educadores cuando se niegan a trabajar en condiciones insoportables, deberían apoyarlos en sus justas demandas.

Juegan a engañarse los centros de enseñanza superior dedicados a formar los profesionales que el sistema económico necesita para perpetuar el statu quo, en vez de ser motores transformadores de la sociedad.

Juegan a la presunción los estudiantes de un instituto de águilas de glorias disipadas donde las que vuelan son las piedras.

Juegan a los desentendidos los empleadores estatales y privados que no se percatan de que la disminución del sueño y el descanso de los trabajadores a causa del infamante transporte público, los expone a riesgos profesionales y a una disminución del rendimiento laboral.

El más teatral de todos los jugadores es el político en campaña. Es el mesías salvador y amoroso que hará en beneficio del pueblo cosas grandes y maravillosas, negadas durante siglos por los intereses creados. Juegan a las estrategias de aula las autoridades respectivas que proporcionan computadoras antes que llenar estómagos vacíos para la dotación proteica que el cerebro necesita a fin de desarrollar sus facultades.

Jugar al pacto ético es un juego de fino humor al estilo de Poveda. El pacto es un insulto para el hombre probo que no lo requiere, y una broma que mueve a risa para el amoral propenso a quebrantarlo.

Juegan a los ilusos los comunicadores sociales que creen que sus planteamientos serán tomados en consideración. “Bienaventurados los que nada esperan porque no sufrirán desengaños”.

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